6/13/2018

El Monte y el guía de Munietsus 6

Cuando, más o menos, acabé el trabajo de campo de la tesina tenía en mi poder no solo un censo de castros y minas romanas sino también otro de los bosques del Concejo.
Lo cierto es que los bosques, a simple vista, suelen engañar. De lejos todos se parecen: una mancha forestal más o menos grande, pero cuando los recorres y analizas, ves las enormes deferencias que hay, y no me refiero a que unos sean robledares, otros faéus...sino al de su calidad, al de su estado. En muchas ocasiones me ocurrió que veía un bosque desde lejos que parecía excelente y luego al recorrerlo me veía decepcionado: arboleda joven, arboleda vieja pero muy deteriorada, huellas evidentes y otras menos conspicuas, que solo con el tiempo fui descifrando, de incendios y de talas madereras.
Puedo decir con rotundidad que no existe ningún bosque, al menos yo no lo conozco, que no haya sido talado. Que nadie quiera venderos la película de "bosques milenarios", "vírgenes" o expresiones similares, porque es falso; es falso para toda la Cordillera Cantábrica y creo que también lo es para cualquier punto de la piel de toro que conforma España. No hay ningún rincón donde la sierra, los árboles no se cortaban con hachas sino con sierras mecánicas movidas a mano por dos operarios (los celebres tronzadores), no haya estado presente. La leyenda esa de "zona preservada por su difícil acceso" es eso , una leyenda, como mucho contribuyó a que el esquilme no fuera total y favoreciera la regeneración natural.
De todas formas por degradado que se encuentre un bosque, este siempre es interesante y que duda cabe que enriquece el paisaje, ademas de cumplir con las funciones biológicas que le son propias.
Pero el conocimiento de los bosques del Concejo, a algunos aún les debo una visita, no me hizo sentir satisfecho, sino todo lo contrario, azuzó en mi el deseo de conocer otros. Empecé a anotar los más emblemáticos de los que entonces había información, primero de Asturias en la Cordillera Cantábrica, luego de Navarra...Intenté inculcarle mi pasión por la naturaleza a mi compañera Miry y ya desde Oviedo habíamos realizado alguna excursión: el Sueve, el Aramo, el Macizo Occidental de Los Picos de Europa, los desconocidos montes y bosques de la zona de Sobrefoz... y ya instalados en León largas visitas, con tienda de campaña, a los bosques de Sajambre, entrando desde los de Valdeón; al mítico bosque del Monte Peloño, a varios hayedos navarros y a su renombrado bosque de Irati. Pero mi compañera sufría mucho por las largas caminatas, cargando con pesadas mochilas y se fue desvinculando del tema. Seguí saliendo al monte con algunos amigos, pero no tan frecuentemente como antes.
Amigos del Cuelmu, desde Asturias, me informaron de que había salido a concurso una plaza de Guía de la Naturaleza en la Reserva Biológica de Muniellos, era de corta duración, unos siete meses, pero era interesante. Con escepticismo preparé mi "currículum" y presenté la solicitud. Pero creía que la plaza ya estaba dada de antemano debido al "enchufismo" que existe en la Administración. Pero inopinadamente fui yo el elegido, aunque tal vez influyó el que el Cuelmu, y yo entre sus miembros, había colaborado desinteresadamente con la Consejería de Agricultura y Pesca en la corrección de los topónimos de un mapa de la Reserva.
La labor consistía en recibir, guiar y asesorar a los alumnos-as de colegios e institutos que previamente habían solicitado realizar esta actividad. Se le entregaba un cuaderno-libro, en el que iba incluido un excelente mapa de la Reserva, a cada asistente; había dos tipos de libro, uno para los alumnos-as y otro, algo más amplio, para los profesores. En dicho cuaderno-libro había que ir anotando el resultado de una serie de actividades, primero visitando un robledar del solano, en Decutsada, luego un faéu, el de enfrente mismo de Las Tablizas, un corte en el suelo, el que cortaba el Tesu L´Armadina, y una visita al bosque de ribera, internandonos un poco por el Ríu Munietsus.
Estaba previsto recibir al personal en Las Tablizas mismo y así lo hice, pero pronto surgió un problema: desde Mual a Las Tablizas había una pista de tierra con buen suelo pero con algunas curvas difíciles y algunos autobuses grandes las pasaban canutas para llegar y otro tanto, luego, para salir. Lo curioso es que era el segundo año que se realizaba esta actividad y que el problema ya se tendría que haber detectado con anterioridad pero...

Portada libro del profesor y mapa


Interior libro y mapa

De común acuerdo con el encargado de la Consejería decidimos que los autobuses se quedaran en Mual y subir andando. Yo los esperaba junto a Casa Abel, donde había espacio para darle la vuelta y aparcar el autobús. Allí comenzaba el camino que atravesaba el pueblo y que se separaba de la carretera que subía al Puerto del Counio con destino a Ibias.

Entrada de la Reserva. 1987

Mismo lugar con otro cartel

Era una larga caminata de unos cinco Km. hasta Las Tablizas y otros cinco para volver, aquello trastocaba totalmente los planes. Tras darle muchas vueltas al asunto decidí hacer una serie de paradas durante el recorrido: una panera del pueblo pegada al camino, un cortín de colmenas en Prau Nuevu, la Vallada del Palenque, el bosque de ribera de Burduceu y otras cosas que iban surgiendo. Tuve que documentarme sobre todas estas cosas pues algunas me eran poco conocidas hasta dominarlas más o menos, al fin y al cabo la etnografía y la naturaleza están muy relacionadas entre sí y disfruté mucho con su estudio.
En Las Tablizas habían construido, especialmente para estas visitas, del otro lado del río en la llanada de la serrería, una especie de gran tendejón cubierto que nos servía de campo base y que cuando el tiempo era lluvioso valía su peso en oro, ¿dónde si no podrían guarecerse y disponer de espacio cuarenta o cincuenta personas como las que a veces nos juntábamos?.

Fuera del tendejón
Ídem anterior
Dentro del tendejón, día lluvioso

Seguíamos utilizando el cuaderno-guía pero cada vez cobró más importancia la improvisación. Me esforzaba por hacerles comprensibles las cosas y que todo lo teórico lo pudieran comprobar "in situ". A veces tenía que adaptarme a las apetencias de los grupos, si eran de institutos y preferían andar más, dejábamos de lado el cuaderno y alargábamos más la visita por el robledar, el faéu o río arriba. Cada poco parábamos y les explicaba lo que estábamos viendo o simplemente andábamos y que cada cual sacara sus propias conclusiones, según desearan. La verdad es que las cosas funcionaban de bien a muy bien.

Debajo de la casa de Las Tablizas

Pero la labor de guía llevaba pareja otras obligaciones, algunas ya previstas en el contrato firmado y otras a discreción de los encargados de la Consejería. Entre las primeras figuraban informes sobre los dos Montes recientemente unidos a Muniellos: Valdebois  y La Vilietsa, con especial atención al trazado de sendas para posibles visitas a estos lugares; informes sobre la labor de monitor con los colegios. Me entregaron copia de los informes que el anterior monitor había realizado para que me sirvieran de guía y un estudio histórico de Muniellos que había realizado, así como un mamotreto de fotocopias de documentación sobre el tema para que intentara rehacerlo.
Entre las segundas se me pidió un informe sobre las zonas desarboladas que había en los Montes de Valdebois y La Vilietsa con vistas a una posible repoblación forestal, obviamente con aquellas especies autóctonas que deberían existir si en vez de una "granda" hubiese un bosque, o sea con la vegetación potencial de cada zona. También  tenía que consultar a los habitantes de ambos pueblos en que terrenos se podían hacer sin perturbar la utilización que del monte hacía el ganado que poseían.
En Valdebois quedaban muy pocos vecinos pero se mostraron reacios sobre el tema, excudándose en que el ganado utilizaba todo el monte. En La Vilietsa había muy poco ganado y nadie puso ningún reparo.
Presenté el informe, acompañado de un mapa con la localización de las grandas o calvas, pero el proyecto terminó en eso, en proyecto, creo que en la Consejería acabó triunfando la discutible idea de que era mejor dejar que fuera la propia naturaleza la que marcara su destino, que fuera ella misma la que se repoblara.
Para realizar este informe y para ir preparando los otros tuve que ir desplazándome a dichos lugares. Seguía sin tener vehículo y aprovechaba días sueltos en que no tenía visitas.Pero pronto me di cuenta de que así me iba a resultar muy dificil, por no decir imposible, completar los informes. Decidí programar visitas más largas y quedarme a pernoctar en ambos pueblos, para no perder tiempo en traslados.
Me levantaba antes de que amaneciera y regresaba al pueblo cuando empezaba a oscurecer. ¡Qué gozada!, realizar una actividad remunerada que al mismo tiempo constituía mi verdadera pasión; las horas hábiles de cada día eran insuficientes, si por mi fuera estas deberían durar mucho más, por las noches me dormía esperando con ansiedad que amaneciera y luego me perdía por los bosques. Bueno, lo de perderme es una metáfora, no podía permitirme ese lujo, tenía que ir tomando notas, tenía que estudiar, en la medida de mis posibilidades, el paisaje.
Analizar el paisaje no era algo nuevo para mí, durante el trabajo de campo de la tesina ya lo había tenido que utilizar y al principio me había dado más de un quebradero de cabeza, sobre todo el referente a las explotaciones auríferas romanas, pues estas no siempre tienen una forma explícita. A veces no sabía exactamente que es lo que buscaba; se trataba de desmontes, de formas producidas por la mano del hombre, pero en muchos casos estas son difíciles de diferenciar de las producidas por causas naturales, una "fana" o un "argayo" natural tiene muchas semejanzas con una explotación aurífera a cielo abierto pues en resumidas cuentas ambas son producidas por la acción del agua sobre terrenos pendientes. Aplicarlo al bosque era algo más nuevo para mí.
Por lo general siempre he tomado alguna nota de mis excursiones, pero hasta entonces eran mínimas y muchas veces la emoción y el deseo de ver y sentir me hacían desistir; era una pérdida de tiempo anotar la belleza de un árbol, de un recodo, de un rincón, además con que palabras podía hacerlo. El vocabulario y la palabra escrita tienen muchas limitaciones, al menos las que yo puedo utilizar; siempre quedan sin plasmar las emociones y las profundas sensaciones que provocan; no se pueden transmitir, solo se pueden sentir. Cuando describes, por ejemplo, una senda y luego lo relees, notas que es algo frío, escribes que gira, que sube, que baja...y cuando lo escribes tú, realmente, estás allí, viendo y sintiendo ese giro, esa subida y todo el entorno. Pero alguien ajeno cuando lo lee solo ve lo que está escrito y piensa que es un plomazo.
Esto es precisamente lo que me hace a veces dudar de la utilidad de este blog. Si quieres sentir realmente la naturaleza de nada sirven las descripciones, las fotos, los vídeos, los...simplemente sal al campo, deja que la brisa roce tu cuerpo, en silencio y en soledad siente la quietud o la algarabía que bulle a tu alrededor; olvídate de todo y preocúpate solo de sentir, déjate llevar, no tengas miedo el viaje merece la pena y te reconfortará. Toca, abraza a un hermano árbol y percibirás su energía, prueba si no a hacerlo con una piedra y notarás la diferencia. Es fácil, no se necesitan conocimientos de ningún tipo, no dejes que te lo cuenten, siéntelo.
Decíamos que de nada sirven las descripciones, las ...esperemos que en este caso no sea así. Sentir la naturaleza es sencillo y complicado al mismo tiempo; la puedes percibir utilizando los sentidos, como hacen todos los animales, pero para sentirla tienes también que utilizar la mente. La mente es ese prodigio natural que solo posee el ser humano, algo que nos permite, entre otras cosas, abstraernos, viajar y estar en otro sitio sin necesidad de movernos. Sentir que sentimos es una facultad exclusivamente humana.
Además de percibir el entorno el ser humano ha procurado , desde su origen, entenderlo, y a raíz de ello ha surgido la cultura, o al menos una rama de esta, interesada en responder a la eterna pregunta del porqué. Sin duda el conocimiento y comprensión de la naturaleza hace que la podamos amar y sentir más a fondo.
Esa doble vertiente, la más natural y la cultural, es la que ha guiado, a partir de entonces, mi relación con la naturaleza y en especial con los bosques. Sentirlos, pero también analizarlos, y es entonces cuando este blog cobra algo de sentido.

5/31/2018

El Monte y el guía de Munietsus 5

La excursión al faéu de Monesteriu-Xedré fue una semana inolvidable, lejos del mundo conocido, sin ver a ninguna persona en esos seis días. La prospección arqueológica dejo de existir, solo tenía, y no era poco, el bosque. Como ya he insinuado, aquí fue la primera vez, aunque no sería la última, que me sentí plenamente integrado en la naturaleza, era una parte más del bosque. Se había despertado el instinto más básico del ser humano, era un animal más, deambulaba por el faéu atento al más mínimo ruido, moviéndome instintivamente; solo despertaba mi espíritu racional cuando algo llamaba poderosamente mi atención y exigía una interpretación.
Utilizaba unos mapas del Instituto Geográfico y Catastral de escala 1:50.000 y a pesar de que se ven en el pocos detalles descubrí un error de bulto. Desconocía y aún desconozco los topónimos reales de este monte y solo puedo mencionar los que traía el mapa. Al primer gran valle lo llama Arroyo de Cerezaléu (Creizaléu en bable occidental) y al segundo Arroyo Ordalecha y ambos aparecían como valles individuales, cada uno con su propio desagüe al río Narcea. Pero lo que yo veía y recorría en la realidad era diferente: ambos arroyos se juntaban y desaguaban en un único punto. La controversia creada me obligó a recorrer varias veces la zona hasta certificar el error del mapa. En una edición posterior pude comprobar que el fallo se había corregido.

Mapa con errores


Revisando actualmente los mapas de la tesina advertí que en ellos aparecía el mismo error, pues aquellos mapa del Instituto habían sido la base para la creacíon de los míos y como en esa zona no tenía nada catalogado se me había olvidado su corrección.
También llamó mi atención la existencia de unos teixus (taxus baccata) pequeños, con una disposición muy rara; parecían más un arbusto que un árbol, salían en matas delgadas y de poca altura y ademas abundaban bastante. Dudé de si eran teixus y dándole vueltas al asunto me acordé de una conversación con Collar, el amigo de Xedré, que tuvo un rebaño de cabras y que había tenido que deshacerse de el porque se comían todos los árboles que estaban naciendo. Era evidente que hasta allí no habían llegado las cabras, pero si sabía que en la zona había una abundante población de corzos y rebezus y llegue a la conclusión de que eran estos los que ramoneaban los teixus e impedían su crecimiento.
A este impresionante y enorme faéu, a las 1500 ha de Monesteriu hay que sumarle las de Xedré, había algo que le quitaba valor: la existencia de minas de interior de carbón; con alguna me topé durante mis recorridos. La minería no solo supone la bocamina, sino que lleva pareja una serie de transformaciones del entorno, provocado por las pistas por donde circulan los camiones, las escombreras...No recuerdo haber visto lavaderos de carbón que son los que más contaminan (estos estaban cerca del río pero en la ladera derecha del Narcea, un poco por debajo del pueblo). No había nadie trabajando pero creo que aún estaban en activo. Lo cierto es que cortaban la magia del bosque porque estaban incrustadas en el, a medio camino entre Xedré y Monesteriu.
Años más tarde en una visita a las partes más altas del valle que aún desconocía, pude ver algunas, ya abandonadas, cercanas a la braña de Fuentes del Narcea, en las cercanías del nacimiento de este río y de las camperas de La Veiga´l Palo de Cabuatses D´Arriba, donde también las había y que han acabado cerrando este año. No eran bocaminas muy grandes, pero había grandísimas escombreras ladera abajo, por entre el abedular.
Recientemente he vuelto a visitar la zona donde estaban las minas bajas y me vi gratamente sorprendido. Alguien que no lo sepa de antemano es probable que no se de cuenta de que allí las hubo. Las fayas desmochadas (tala maderera alzada del suelo) han rebrotado con potentes guías y la abundante hojarasca ha acabado tapando los escombros; queda algún resto pero la recuperación del bosque es sorprendente.

Faya desmochada.2017
Restos relacionados con la minería. Foto Ástor. 2017


Ya estando de Guía en Munietsos, como no disponía de tanto tiempo libre, me conformaba con ver, de vez en cuando, este mar arbolado y para ello nada mejor que subir a La Penona de Xalón, el mejor mirador natural de toda esta zona. Con algún amigo que disponía de vehículo nos acercábamos al pueblo de Xalón y luego tras una breve caminata ya estábamos en aquel risco, impresionante farallón calizo con una brutal caída por la parte de abajo, pero con el atractivo de una colladina, eso sí diminuta, por la parte de arriba. Allí sentados, dejando volar nuestros pensamientos, solíamos pasar toda la tarde oteando el grandioso faéu y el resto del entorno.

La Penona de Xalón. Foto Ástor.2017

De todos los castros inventariados en la tesina , solo uno de ellos esta enclavado en un auténtico bosque: Los Castietsos de Rengos.
Es curioso pero en Cangas cuando se habla del Ríu de Rengos todo el mundo entiende que este es el que llega a la villa procedente del oeste, cuando en realidad el nombre de este río es Narcea.
La zona de Rengos es un tramo donde la confluencia de varios ríos (Munietsus, Gillón, el propio Narcea, Riumulín y Regueira Lus Praus) ha creado una gran vega, que va desde Ventanueva a Pueblo.
A diferencia de Riumulín, un largo valle con una cabecera doble, Regueira Lus Praus, de 1200 ha., es como un gran triángulo invertido cuyo vértice sería Pueblo de Rengos, aunque también tiene dos cabeceras: Lus Pusadoiros y la propia Regueira Lus Praus y que a pesar de que sus lados, constituidos por laderas, están muy desarbolados todo el resto esta cubierto por un tupido faéu.
Este faéu, en realidad, es la continuación del de Monesteriu-Xedré, que incluso desborda la Sierra del Rañadoiro para ocupar un trozo del Monte de Tsarón, y que luego continuará aun con potentes manchas en Munietsus y que ira difuminándose en las partes altas del Ríu del Coto, con algún que otro pequeño reducto y que rebrotará en Fuentes de Las Montañas, para acabar desapareciendo.
Aquí el faéu no es tan maduro como en Monesteriu, porque sufrió talas más intensas y recientes. En la parte de Lus Pusadoiros, la zona por la que ascendía la vieja carretera que llevaba al Puerto del Rañadoiro (hoy abandonada por la creación de un tunel que atraviesa la Sierra) se plantaron árboles foraneos, coníferas de crecimiento rápido. Esta misma idea también estuvo a punto de ser una realidad en el Monte Munietsos aunque al final, afortunadamente, se optó por preservar el bosque autóctono. Por aquí se ven abetos, cipreses, algunos en tan altas densidades que apenas permiten andar entre ellos y que hacen imposible la regeneración del faéu. También hay algunos alerces, curiosa conífera que es la única que pierde sus hojas a mediados de otoño y que ofrece bellas estampas cuando sus acículas empiezan a amarillear antes de caerse.

Lus Pusadoiros.2000

Un aspecto destacable de este faéu es el de presentar amplias y numerosas superficies alomadas con numerosos tesos, que hacen que al recorrerlo por dentro te puedas perder fácilmente al no saber el punto exacto donde te encuentras, sobre todo cuando el arbolado te impide ver puntos de referencia; entonces lo mejor es dejarse llevar, sabiendo que al final y tirando para abajo acabarás saliendo a Rengos.


Paisaje alomado.2000

El causante de este relieve alomado es la Sierra del Rañadoiro que bordea todo el lado superior del triángulo. La parte de Lus Pusadoiros tiene altitudes muy moderadas, en torno a los 1200m., que suben a los 1400m. en la parte de Regueira Lus Praus.
Separando ambas zonas hay un gran "tsombu", conformado por la sucesión de pequeños tesos y es precisamente en el último, antes de una zona donde el terreno ya es realmente pendiente, donde está el Castietso, un prominente castro, con dos antecastros en su borde inferior y superior, uno a cada extremo, con profundos fosos que se han ido rellenando con el paso del tiempo. El protector faéu que lo cubre enmascara su estructura pero aún se ven restos de potentes murallas, grandes piedras amontonadas cubiertas de "mofo" (musgo) y hojas.
Es, sin duda, un castro romanizado, relacionado con la red viaria que enlazaría Rengos con la zona Cabreira de Tsarón (donde hay otro castro, el único excavado en todo el Concejo de Cangas) por la zona más baja que hay en la Sierra y que a su vez estaría relacionada con las importantes minas auríferas del Curralín y todo su entorno.
Al encontrarse tan alejado de los pueblos y estar en pleno bosque, este castro no sufrió la reutilización de las piedras que conforman su estructura, su estado de conservación parece ser excelente y sería merecedor de una excavación arqueológica en condiciones.
Cuando descubrí este castro ya llevaba varios años de relación con los montes de Rengos, de hecho ya desde mis primeras salidas al monte esta era una de las zonas preferidas. A ello contribuía su cercanía a Mual y el que fuera muy sencillo acercarse a ella en autobús desde Cangas ya que había Línea en ambos sentidos desde las primeras horas del día hasta las últimas; subía tempranín, me perdía por el faéu y regresaba por la tarde, todo en el mismo día. Casi siempre optaba por internarme por las vatsinas de Regueira Lus Praus, porque el faéu era más espectacular y más desarrollado por esta zona. Por Lus Pusadoiros lo hice más tarde, utilizando en ocasiones un camino que salía cerca del Puerto de Rañadoiro, que atravesaba todo el faéu y que llegaba, aunque luego continuaba, a Campubraña, situado en un rellano del teso que separa esta zona del valle de Riumulín. Un camino sin muchos desniveles y muy facil de recorrer gracias a que el faéu lo mantenía muy limpio, pero cuyo tramo final era más dificil de realizar al estar la ladera izquierda de La Regueira muy desarbolada.

Vatsinas de Regueira lus Praus. 2000

Pero también había otro motivo distinto del puramente botánico y paisajístico y que era de índole más personal. Mi padre era natural de Pueblo y ya desde pequeños mis hermanos y yo habíamos oído de su acongojada voz como su padre había sido asesinado por los fascistas en Campubraña. Toda la zona occidental de Asturias cayó relativamente pronto en poder de los Nacionales durante la Guerra Civil, debido al avance de las Columnas Gallegas. Entonces comenzó una brutal represión hacia todos aquellos que se habían mostrado partidarios de la República (republicanos, comunistas...) o los que aspiraban a una revolución social que transformara realmente el sistema (socialistas, grupos comunistas al margen del P.C., anarquistas, anarcosindicalistas...) y que en la zona de Cangas eran bastante numerosos. No se les hacía juicio alguno, eran lisa y llanamente asesinados; se juntaba un grupo de ellos y se les llevaba en camiones a las salidas de los pueblos donde eran fusilados. En Mual contaban que lo habían hecho varias veces por encima del pueblo, por la carretera que iba al Counio y que en una ocasión uno consiguió huir lanzándose monte a través y perdiéndose por la ladera de enfrente y que desplazándose por los montes había conseguido llegar a Francia y salvar su vida. Todos los niños sentíamos un profundo temor cuando pasábamos por aquel sitio.
Los "fugaos" fueron aquellas personas que temiendo ser represaliados huyeron al monte; algunos se organizaron en grupos guerrilleros pero la mayoría lo hacían esperando que las cosas se calmaran y pudieran, al menos, salvar su vida. En Pueblo de Rengos se refugiaron en la braña de Campubraña, en donde periódicamente recibían ayuda y alimentos de familiares y vecinos del pueblo. No eran guerrilleros, simplemente esperaban, pero alguien los delató y allí acudieron los "salvadores de la Patria" y a tiro limpio truncaron sus esperanzas; mi abuelo, cuando estaba a punto de escabullirse hacía le espesura de Riumulín, recibió un tiro mortal por la espalda. Aquella era la forma preferida de actuar de aquellos "valerosos" falangistas, asesinar a alguien indefenso y por la espalda, por si acaso.
Mi propio padre a punto estuvo de correr la misma suerte, por dos veces lo colocaron contra un paredón, amenazándolo con fusilarlo sino decía donde se escondía José, su hermano mayor al que buscaban. ¡Qué huevos tuvo Sabino!, mi padre, el bien sabía donde se escondía su hermano, pero siguió negándolo. José estaba en la propia casa familiar que tan concienzudamente habían registrado los facciosos sin resultados, en un doble fondo tan hábilmente camuflado que solo la familia conocía. En la segunda amenaza parece que aquella iba a cumplirse de no ser por la intervención de un oficial con algo más de sentido común "¿pero qué hacéis, no veis que es solo un crío?".
Recorrer Regueira Lus Praus y visitar Campubraña era para mí como hacerle un pequeño homenaje a mi abuelo y una forma de mantener viva su memoria. Quien ignora su pasado no tiene futuro, así que para mí "ni olvido ni perdón" y acabo con dos versos del gran músico argentino León Gieco del 2001
                          "Todo está clavado en la memoria
                           refugio de la vida y de la historia".

5/21/2018

El Monte y el guía de Munietsus 4

Una serie de circunstancias me llevaron a aceptar la realización de una Memoria de Licenciatura, la conocida como "tesina", de arqueología prospectiva de la Edad Antigua. Dos motivos primaban sobre el resto: por un lado el área geográfica se centraba en el Concejo de Cangas y por otro ello supondría un mayor acercamiento a sus montes, y como no,a sus bosques.
Lo que empezó siendo una verificación de un censo sobre castros se fue ampliando al aparecer ligado a ellos los restos de explotaciones auríferas romanas, vías de comunicación, etc. Téngase en cuenta que "mi" Concejo es el de mayor extensión de Asturias y uno de los mayores de España por lo que el trabajo de campo fue enorme, y yo seguía sin tener un medio de locomoción. Bueno para ser sincero, la parte del Río del Coto la hice en bicicleta, saliendo y volviendo a Cangas en el mismo día. Para el resto de zonas combinaba el autobús con larguísimas caminatas, incluyendo acampadas con tienda de campaña, vivacs, o durmiendo en casas de amigos de los pueblos.
Descubrí  muchos rincones, muchos castros sin censar, muchos restos de minería aurífera romana, muchas vías de comunicación y, para lo que aquí nos interesa, muchos bosques. Cada vez que aparecía un bosque este ejercía sobre mí una poderosa atracción, me llamaba y yo casi siempre cedía a la tentación de visitarlo.
En más de una ocasión la excursión giraba en torno a un bosque, quedando el resto relegado a un segundo plano, como cuando después de encontrar un castro en Monesteriu D´Ermu se alzó enfrente de mí el impresionante faéu (hayedo) que hay en el avesíu (umbría).
No era esta mi primera relación con este faéu, años atrás ya lo había visitado; recuerdo dos excursiones con amigos del Cuelmu, alguien se agenció un coche y para evitar las explotaciones mineras de carbón que había en el valle decidimos internarnos en el bosque un tramo por encima del pueblo, donde parecía que no las había. Fue un error porque acabamos adentrándonos por un bosque que, mas que un faéu, era un abedular, y obviamente este no nos sorprendió pues carecía de la magnificencia y monumentalidad que le suponíamos al faéu.
Pero ahora era diferente. Subir a Monesteriu, sin tener vehículo propio, no era nada sencillo porque las líneas de ALSA finalizaban en Xedré. No me quedó otra que hacer el tramo "a pata", y ello me permitió tener otra visión del entorno del faéu muy diferente de la obtenida cuando lo había realizado en coche. En el avesíu se veían excelentes fayas y cuando el valle se encajonó formando un desfiladero el faéu lo inundaba todo, tanto el solano como el roquedo.
Desde el Castitso, a 1350 m. de altitud, con su precioso sistema defensivo de fosos, el paisaje que se veía era deslumbrante: el avesíu estaba completamente repleto de arboleda y se apreciaba que desde enfrente de Monesteriu y valle abajo las fayas eran dominantes, al menos hasta cierta altitud. Tal fue la impresión que me produjo que preparé una visita de varios días.
Con mi ligera tienda de campaña, una india de dos plazas, establecí el campo base en la recientemente abandonada braña de Xedré, en el avesíu ya que era esa zona la que iba a explorar; allí combiné la tienda con una cabana medio derruida.

Xedré, al fondo claro de la braña. Foto Astor 2017
Todos los días, en cuanto amanecía, me ponía en movimiento. Teniendo un campamento base solo llevaba en cada salida lo imprescindible para una jornada: algo de comida, una cantimplora que al fin me había agenciado, un mapa para no perderme del todo y unos folios en blanco con un boli por si tenía algo que anotar, ¡ah! y una navaja con la que uno podía procurarse algún objeto defensivo si se daba el caso. En fin iba muy ligero de equipaje, lo que me permitía recorrer grandes distancias cada vez que salía.
Desde la braña decidí internarme siempre valle arriba, pues las partes bajas, también cubiertas de arbolado, quedaban más a mano para excursiones cortas que no necesitaran de tanto tiempo como el que entonces disponía.

Faéu de Xedré, partes bajas. 2017

Las vatsinas eran cortas porque aquí el valle se encajona un tanto y porque la sierra del Rañadoiro y de su ramal que separa el Narcea del Rengos (Lus Pusadoiros) presentan altitudes relativamente bajas, en torno a 1200 m. y menos.
Las fayas eran dominantes pero en los tesos y laderas más soleadas compartían el espacio con robles albares. Aquí varié un poco la forma de recorrer el bosque, me ceñía a una vatsina y la iba recorriendo de abajo a arriba describiendo zigzags, pasando de un teso a otro; en la siguiente vatsina hacía lo mismo pero bajando, en la siguiente subiendo y así sucesivamente. Nunca llegaba a las partes cercanas al río pues estas eran, en muchas ocasiones, un auténtico desfiladero, muy vertical y peligroso. La vuelta la hacía tirando recto, a la misma altitud más o menos para no tardar tanto. Un suelo increíblemente despejado de arbustos permitía desplazarse de cualquier manera y rápidamente.
 Más arriba el valle se ensanchaba notablemente y las vatsinas se transformaban en largos valles que iban a nacer a las faldas de la impresionante Sierra de Degaña, con altitudes bastante mayores, en torno a 1800 m., que las del Rañadoiro a la que se unía. Desde algunos claros de divisaba la silueta de esta sierra, recortada por los potentes circos glaciares que tuvo en otros tiempos, con un paisaje rocoso, pelado y seco que contrastaba con el verdor en el que me hallaba inmerso.
Cada vatse secundario estaba repleto de vatsinas y era imposible recorrerlas como las anteriores, así que opté por desplazarme por los tesos que separan un valle de otro. Subía hasta los primeros cerros y luego continuaba por la loma que acababa bordeando cuando esta ascendía a cimas progresivamente más altas. Sospechaba que esas zonas altas serían bosques de abedules y que habría muchos claros, haciendo más dificultosa las caminatas.
Nuestros bosques tienen muy pocas zonas llanas o con poca pendiente, pues suelen estar enclavados en laderas de montaña donde las dificultades de acceso han permitido que no hayan sido totalmente arrasados como lo fueron en las zonas llanas. Solo en algunos valles largos se puede disfrutar de terrenos con pocos desniveles, que en la zona denominan "veigas" y que se ciñen al entorno inmediato del río.
Pero existen otros terrenos más o menos allanados: los cuencos y rellanos creados por la erosión glaciar, las colladas y los cordales de muchas sierras. También las lomas que mencionábamos antes; en todos los tesos o cerros , al lado de tramos con mucho desnivel siempre hay alguno más o menos horizontal, que por su forma alomada llamo lomas.
Aquí en Monesteriu tras atravesar el cauce del primer gran valle y subir un tramo largo y bastante pindio, se accedía a una amplia loma, tanto a lo largo como a lo ancho. En aquel tiempo no me importaba tener que afrontar grandes desniveles, bajo el dosel arbóreo una fuerza interior me impulsaba y solo necesitaba de breves pausas, que aprovechaba para empaparme del entorno, para recobrar el aliento. Pero llegar a aquellas "chanadas" era toda una bendición, la tensión física mantenida se atenuaba y poco a poco te ibas relajando, podías andar sin apenas esfuerzos, el cuerpo te dejaba de pesar y era como si levitaras al desplazarte.
El bosque, además, era inmejorable; la dama del lugar, la fagus sylvatica, se mostraba en todo su esplendor, con ejemplares que quitaban el hipo y que salvo Sextu Gordu de Munietsus no he tenido ocasión de volver a ver en ningún faéu ni de la Cordillera Cantábrica ni de Navarra y en un número realmente abrumador. Aquellos largos y gruesos fustes que se elevaban hacía el cielo y se perdían entre las ramas de las copas también conseguían levantarte el espíritu, daba igual que deambularas entre ellos o te quedaras boquiabierto y parado observándolos. Eran momentos de tanta plenitud que te pellizcabas para darte cuenta de que no estabas soñando; eran momentos en los que la magia natural se hacía palpable y tu tenías el privilegio de poder participar en ellos.
Lo curioso es que aquella exuberancia no te hacía sentir pequeño, tu también te expandías como hacían los árboles y te sentías, casi, como un gigante entre iguales; tocabas y palpabas los grandes troncos lisos y ningún árbol se molestaba por ello, porque quizás percibían que lo hacías con amor y ternura, tratando de percibir más de cerca la enorme energía que irradiaban, pero también aportando la tuya.
La loma tenía algo que la hacía diferente de otras "chanadas" y que contribuía a incrementar su atractivo: surcándolo todo a lo largo, por su centro, había como un suave vallecillo, que conformaba dos lomas y una vaguada, que se prolongaba hacía arriba durante un buen trecho. Era como una vatsina que pronto renunciara a su desarrollo, un vallecillo colgado.
Al día siguiente volví directamente a tan mágico lugar, recorriendolo ensimismado pensé que tan peculiar relieve podía estar relacionado con alguna actividad humana, tal vez con algún desmonte romano en busca de oro; busqué alguna prueba de ello pero no encontré nada y además tampoco insistí en ello porque las emociones que me hacía sentir aquel lugar superaban y desbordaban las capacidades racionales; prefería no pensar, dejarme ir, sumergirme, abandonarme, integrarme con el arbolado y preocuparme solo de sentir; ¡que gratificante es sentir la naturaleza y sentirte a ti mismo como parte de ella!.
Analizarlo hoy, sin aquella pasión, nos llevaría a considerarlo como un resto dejado por la actividad glaciar, que en su momento tanto afectó a este valle. Y es probable que en dicho lugar también existiera una antigua braña, pues es de sobra conocida la apetencia ganadera por lugares como este.
El teso asciende luego bruscamente y bordeándolo se llega  a una gran zona rocosa, de caliza, roca que aflora en muchos puntos, aunque la predominante es la cuarcita.

Bachongo  y su ladera izquierda rocosa.2017

No lo puedo asegurar, pues los recuerdos, a veces, se esfuman como una nebulosa, pero creo que en esa zona rocosa se hallaba la afamada cueva de Siqueiras, aunque no perdí el tiempo tratando de localizarla porque era el faéu el que requería toda mi atención y en el que más a gusto me encontraba.
Fue un tiempo más tarde cuando en compañía de mi amigo Collar de Xedré logramos encontrarla, pero no íbamos equipados, ni siquiera llevabamos linternas y no pudimos explorarla. Solo nos pudimos meter un poco en ella y esperar a que nuestra vista se acostumbrara a la oscuridad, pero tras conseguirlo y decidir continuar llegamos a un recodo donde la cueva giraba y allí tuvimos que acabar volviendo a la entrada porque la negrura era ya impenetrable.
Todavía quedaban otros dos grandes valles más arriba (Bachongo y La Carbazosa), también de faéu, y otro algo más pequeño, Barcachil, donde ya predomina el abedular, a los que no pude dirigirme porque el tiempo se me había acabado.

La Carbazosa.2017

Barcachil. 2017

Antes de oscurecer volvía al campo base, hacía una hoguerina y observaba, a medida que iba anocheciendo, como los murciélagos entraban y salían de la cabana que utilizaba; a veces pensaba que se iban a estrellar en mi cara, pero siempre viraban en el ultimo momento.
Es curioso el asunto de las hogueras; creo que siempre que he dormido en el monte, antes de pegar el ojo, si podía, he hecho una hoguera; como casi siempre lo hacía en solitario las primeras hogueras creo que tenían una función defensiva, protectora. De día el monte o el bosque nunca me han hecho sentir miedo, solo con condiciones climatológicas muy adversas lo he sentido, especialmente cuando hay rayos pues nunca sabes donde pueden caer. Pero la noche es otra cuestión, la noche despierta un temor instintivo en el ser humano, te sientes desprotegido y desvalido pues la seguridad y el equilibrio están muy relacionados con el sentido de la vista.
Cuando vas intimando con el monte, las hogueras pasan a cumplir otra función: al posar la mirada en las llamas y seguir su incesante danza, la mente se sosiega, se tranquiliza, queda ensimismada y visita rincones y pliegues interiores a los que normalmente no puedes acceder; ello te reconcilia contigo mismo, te hace soñar despierto. Son el final perfecto para cada jornada, te vacían la mente para que al día siguiente la tengas a punto.

Solano de Monesteriu, Zona del Castitso. 2017

5/11/2018

El Monte y el guía de Munietsus 3

Bisnuevo no hizo más que abrirme el apetito; como no había tenido encuentros con los guardas del monte mi osadía fue aumentando y decidí, usando la vieja pista, acercarme a Las Tablizas y a su entorno. La pista cortaba el Tesu L´Armadina por un foso, un poco por encima de La Pena  L´ Armadina, en donde habían instalado un cierre de madera, a modo de portón, para evitar que el ganado de Mual penetrara en la Reserva; el corte provocado en el suelo nos sirvió, más adelante, para analizar el suelo, una de las actividades desarrolladas con los alumnos-as durante mi etapa como Monitor del Itinerario de la Naturaleza en Muniellos.
Poco después había una senda que salía de la pista y se adentraba, valle arriba, por el faeu que hay en esta zona, Siguiendo por la pista en nada se llegaba a la llanada donde estuvo instalada la serrería y cruzando el río por un puente, las dos casas de Las Tablizas.
Estaba claro que para continuar había que coger la senda, pero había que extremar la precaución porque justamente el tramo que quedaba enfrente de las casas tenía un arbolado muy joven y raleado, muy expuesto a la vista que se podía tener desde ellas. Por esa senda se accedía a Penas Negras y si se seguía se acababa internando uno en el valle del Ríu Tixeirúa, el mayor valle del Monte Munietsus y seguramente el mejor.

Penas Negras.2000
En una de las muchas internadas por esta zona, hacía un tiempo como se dice vulgarmente "malo pa perros", llovía a mares, yo no iba equipado para esas condiciones, simplemente llevaba un paraguas, pero la llamada del bosque era tal que seguí andando y andando: cada poco me paraba y observaba, veía las cortinas que creaba la lluvia y como se iban moviendo, y detrás de ellas, algo difuminadas, las laderas de enfrente. Esa vez me sentía tranquilo y seguro porque con ese tiempo era impensable que la guardería estuviera patrullando; pero con buen tiempo estas incursiones eran nerviosas, siempre estaba expectante y alerta ante la posibilidad de toparme con ellos.
¿No sabéis cómo es la llamada del bosque?, viéndolo de lejos, el bosque destaca poderosamente del resto del paisaje; los terrenos desarbolados son fáciles de visualizar, ver sus individualidades, su forma...pero el bosque es siempre un misterio, y es ese misterio el que te llama y el que te pide que vayas y lo descubras; para mí es como un imán que tira y tira de mí. Luego cuando lo recorres cada poco vas atravesando vaguadas, cuando estás en una de ellas y ves el recodo siguiente, algo te impele a llegar a él para descubrir cómo es y qué hay detrás de él, es siempre algo que merece la pena, el misterio y la magia que crean los bosques con su arbolado y su relieve siempre están presentes; llegas a un regato o una fuente, bebes su agua, oyes el bullicio de los pájaros o el impresionante silencio que a veces reina en algunos lugares, sientes el viento, la luz filtrada por las hojas... y aunque ya hayas pasado por un sitio, cuando lo vuelves a hacer de nuevo, este ya ha cambiado y el paisaje es diferente. Todo lo que quieres es andar y andar, para ver, para sentir; una vaguada te lleva a un recodo y de nuevo a otra vaguada y así sucesivamente.

Decutsada-Penas Negras-Bisnuevo.2017

Un día iba yo acercándome a Las Tablizas por el camino principal de entrada, no recuerdo que intenciones llevaba, tal vez un simple paseo hasta donde pudiera, hasta las casas. No se veía a nadie, llegué a donde se iniciaba la pista que pasaba por encima de la casa del guarda y decidí meterme un poco por ella y en caso de que me viera pues nada,  porque como estaba aún en el inicio lo más que me podía llevar era una regañina. Nadie me dijo ¡alto!, y proseguí hasta desembocar en el ya entonces estupendo bosque de Decutsada.

Decutsada el bosque encantado. 2017

Me sorprendió que estando tan cerca de la serrería la zona tuviera un arbolado tan desarrollado, con algunos ejemplares perfectamente maderables, que darían buenas rollas. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que la empresa propietaria de Munietsus no taló esta zona porque el fin de las talas ya estaba anunciado y tendrían que vender el Monte y que mejor escaparate que Decutsada para enseñarlo a los futuros compradores y aumentar así el valor de la finca y máxime teniendo en cuenta que el resto del Monte, salvo zonas bastante alejadas, presentaba un peor aspecto.

Regueiro Decutsada,Partes bajas.2017
Me gustó tanto Decutsada que la volví a visitar de la misma forma alguna vez más, pero muy pocas porque resultaba muy peligroso y estresante y también recuerdo utilizarla en sentido contrario tras recorrer sus partes medias habiendo entrado por La Veiga´L Pumar.

Decutsada.Partes altas. 2017
Nunca tuve ningún problema en estas incursiones, ni la impresión de estar cometiendo alguna falta pues como natural que era de la zona me creía con todo el derecho del mundo para entrar sin permiso.
También entré alguna vez con permiso, pero en grupo, con unos amigos de Cangas que habían creado un grupo ecologista, El Cuelmu Ecoloxista Pésicu, grupo al que me afilié y con el que realicé numerosas actividades, entre ellas una limpieza del río en todo el entorno de Mual. Pero por lo general seguía saliendo solo al monte.
Durante todo este tiempo solo llevaba, en mis salidas, un bocata. La cámara de fotos era para mí un objeto de lujo que no podía permitirme y además desarrollé una peculiar filosofía sobre este tema: no quería tener ninguna intermediación entre la naturaleza y yo, quería simplemente sentirla y que las emociones que me provocara murieran en ese momento, pensando que de alguna manera algo de ellas perduraría en mi interior. Me di cuenta de ello durante una excursión a los bosques de Riumulín de Pueblo de Rengos, un recodo del camino ofrecía una bella estampa, pensé que haría una buena foto, pero al instante deseché la idea y sin más me empapé de la imagen y establecí con ella una relación directa, la admiraba y la sentía, sin más, no lo necesitaba.
Mantuve esta filosofía durante mucho tiempo; de hecho mis primeras fotos las hice cuando supe que el tiempo de relación directa con el bosque de Munietsus estaba a punto de terminar. Estaba entonces de guía pero había aprobado las oposiciones de cartero y a no tardar mucho cambiaría de actividad. Hice las fotos para que cuando las volviera a ver despertasen en mí todas las emociones que había sentido cuando había observado directamente los lugares que aparecian en las imágenes.
A lo más que llegué fue a agenciarme unos prismáticos con zoom, para ver más detalladamente algunas zonas.
Ya hacía un tiempo que había hecho acto de presencia uno de los protagonistas de mi relación con la naturaleza: el árbol, o mejor dicho los árboles. En principio me ayudó el que en una asignatura universitaria de Geografía se hablara bastante de ellos; me empezó a atraer el tema y decidí profundizar en él. Intenté diferenciarlos, distinguir unos de otros, conocerlos y descubrí con sumo gozo que podía hacerlo ya que en las salidas que hacía me los encontraba continuamente. Fue entonces cuando comprendí que lo teórico cuando se acompaña de lo práctico constituye el verdadero conocimiento o al menos se acerca más a él; cuando lees algo que luego puedes ver plasmado en la realidad es una gozada y la mejor manera de conocer algo.
Me empapé en el tema y hasta me aprendí sus nombres científicos; luego en el bosque me paraba a observarlos uno a uno: "así que tu eres un Quercus Petraea ¡eh!", pero obviamente el árbol no me contestaba, pero al menos no salía corriendo como hace cualquier animal salvaje cuando lo ves; lo podía observar desde cualquier perspectiva, apoyarme en él, tocarlo, olerlo y sentir su energía, que la tiene ya que es un ser vivo.
Fue como un flechazo, desde ese momento quedé enamorado de los árboles y comprendí por qué los bosques eran el ecosistema que más me atraía de la naturaleza. Lo palpé claramente cuando fui de excursión a los Picos de Europa, más que la peña desnuda lo que más me atraía eran los amplios bosques de Valdeón o de Sajambre. La ruta del Cares tenía mayor sentido cuando se completaba con los fayeus de la Cordillera Cantábrica cercanos.
Que duda cabe que la peña tiene su encanto y su belleza, he conocido personas que la amaban realmente, pero personalmente nunca he llegado a conectar del todo con ella, me parece que te absorbe mucha energía; si embargo el bosque no te la quita sino que te la da, es más acogedor, más protector, la vida bulle en su interior. En última instancia son cosas que se sienten y a la razón no le queda más remedio que aceptarlo.
Sabiendo lo que realmente te gusta siempre es más fácil planear las excursiones. De todas formas lo más importante seguía siendo salir al monte y si había bosques pues mejor que mejor.

4/27/2018

El Monte y el guía de Munietsus 2

En un principio no me di cuenta de ello, más que ver la naturaleza lo que yo deseaba era sentirme parte de ella, no solo verla sino también sentirla. Mirar los bosques desde una sierra era como observar el ruedo desde una butaca, yo deseaba lanzarme al ruedo, sentirme inmerso en el bosque, dejarme dominar por él. He tenido amigos en León que solían salir al monte, subiendo a sierras y picos, siempre buscando amplias vistas, a veces los acompañaba y no puedo negar que esas experiencias eran buenas y también necesarias, sobre todo para hacerte una idea general de la zona visitada; pero cuando veía un bosque, algo había en él que me llamaba y que me pedía que lo recorriera, que lo penetrara, que me abandonara a su languidez y sosiego.
Pensé que no había mejor sitio para relacionarme con el bosque que en el Monte de Munietsus, el problema radicaba en que ya entonces se necesitaba un permiso para poder entrar, si bien creía que como natural que era de la zona, el guarda de Las Tablizas podía hacer la vista gorda y dejarme entrar. Pero no fue así, Benjamín era una persona muy seria y formalista, no era de la zona y no tenía ningún lazo con las personas de Mual; sin permiso no había nada que hacer. Era un engorro porque yo me desplazaba cada poco a Mual y necesitaría muchos permisos.
busqué una alternativa, pero los bosques de Mual, mayormente en el avesiu (umbría), no eran de gran envergadura y estaban en un proceso de recuperación aún incipiente. Hablándolo con vecinos del pueblo alguien me dijo que podía haber una zona donde aún había buena vegetación: el deslinde entre los montes de Mual y Munietsus y que nadie podría decirme nada por andar por él.
Acceder a tal lugar era sencillo. En Valmayor en una zona del río preciosa, donde los rápidos de agua habían creado una especie de canales en el borde rocoso del lecho, los vecinos habían construido un puente junto al cortín del Campo, que estaba ya muy derruido en el otro lado del río, luego una pala mecánica había realizado una buena pista para acceder al Pradón de L´Armadina (o Prau Malfichu) y a varias fincas particulares de Mual. Junto al Pradón la pista se unía a otra ya abandonada, que era la antigua salida de Las Tablizas hacia Mual. La nueva pista ascendía, bordeando el Pradón y creo que iba a unas cabanas, ya que en su época la zona era una de las brañas de Mual. Volviendo a la pista vieja, esta cruzaba el Pradón y continuaba en llano hasta el Regueiru Bisnuevo y luego hasta Las Tablizas. Por esta pista se podía acceder al Tesu´l Páxaru, el teso que asciende hasta El Cabrón (no hasta el pico más alto sino a uno secundario y algo más bajo a 1452 m.), que divide el Regueiru Bisnuevo del Vatse Lus Putseirus y que constituye el deslinde de Montes.

Deslindes Munietsus-Mual.2017
 
Realicé varias veces la ascensión del teso, primero muy pendiente y luego, a medida que me acercaba a la sierra, más suave; en el tramo pindio abundaban los robles, que muy toscamente lograba diferenciar de fayas y abedules, algunos espléndidos. Recuerdo que una vez vi uno arrancado por el viento, un gran ejemplar, pensé que era una pena que su madera se acabara perdiendo, allí en medio del monte y que no sería muy difícil sacarlo en trozos, arrastrándolo hacia abajo; pero también sabía que acabaría siendo un buen abono para los restantes y además era difícil de precisar si era de Mual o de Munietsus.
Más arriba el paisaje cambiaba y empezaban a abundar las fayas que, a pesar de ser más jóvenes que los robles, creaban espacios preciosos, fáciles de recorrer, a lo que contribuía el terreno más alomado.

El Vatse Lus Putseirus. 2000

La cercanía y las vistas que tenía de la zoma de Bisnuevo pronto me tentaron y armándome de valor decidí explorarlo, con la amenaza de poder ser sorprendido por los guardas que patrullaban la Reserva. Pero Bisnuevo siempre había sido considerado como algo propio por los habitantes de Mual y a fin de cuentas yo era nacido en Mual así que...
Ningún visitante de Muniellos, de fuera de la zona, tiene constancia de la existencia de este gran valle de Bisnuevo,queda por debajo de Las Tablizas y una vez en Las Tablizas las caminatas siempre son hacia arriba, y antes de llegar a Las Tablizas el encajonado valle por el que discurre la pista de acceso, desde Burduceu, impide la vista de esta zona. Es el valle invisible de Munietsus, solo desde la carretera que sube al Counio se puede avistar y apreciar su tamaño.

Bisnuevo y faeu de Las Tablizas. Foto Ástor 2017.

Siguiendo por la pista antigua que mencionabamos antes, pronto se llega al Regueiro Bisnuevo, que siempre tiene buen caudal y allí la pista se bifurca, el tramo más corto lleva a Las Tablizas, el otro se interna valle arriba. Los dos tramos estaban en muy buen estado, el que lleva valle arriba porque, por lo menos hasta La Veiga Bisnuevo, era muy utilizado ya desde antiguo y porque en él se había producido una de las últimas talas madereras, las salvajes talas a matarrasa que también habían afectado a una parte de Tixeirúa y otra de Las Fayonas, que requerían de buenas pistas para facilitar el transporte de las rollas de madera a la serrería de Las Tablizas.
No era, sin embargo, la primera vez que me internaba valle arriba. Siendo yo muy niño, cuando aún vivía con mi familia en Mual, tenía mucha amistad y trato con un adulto, un mozo unos cuantos años mayor que yo; un día me preguntó si quería acompañarlo a coger arándanos a Bisnuevo. ¡arándanos!, estos pequeños frutos eran una auténtica golosina para cualquier niño. Los adultos tenían la buena costumbre de arrancar unas cuantas arandaneras cuando iban a las brañas y después, ya en el pueblo, darnos la prueba a los más pequeños; alborozado le contesté que sí, pero él me recomendó que primero tenía que decírselo a mis padres; mis padres no tuvieron ningún reparo en darme su consentimiento, una vez que supieron con quien iba a ir.
Supongo que llevaríamos algo de merienda, porque nos iba a llevar todo un día, pero no me acuerdo. Entramos por Las Tablizas y saludamos al guarda, en aquella época eran de la zona, había dos de Mual: Simino Cadenas y David Baragaño. Mi amigo le dijo a lo que íbamos y el se limitó a desearnos suerte.
Solo cuando nos internamos un buen trecho regueiro arriba descubrí las verdaderas intenciones de mi amigo. Junto a las pozas que había en el cauce, mi amigo me decía que me detuviera y esperara, él se arremangaba y sus manos empezaban a recorrer, a tientas, las oquedades del lecho y debajo de las grandes piedras; a veces las sacaba vacías, pero otras muchas sus manos salían con algo que habían capturado, ¡truitas!, eran truitas (truchas). Me las tiraba para el camino y me decía que las metiera en no recuerdo que receptáculo; las truitas se me esguilaban de las manos, pues no paraban de moverse y me llevaba un rato la operación. La tarea nos mantuvo ocupados a ambos durante bastante tiempo y luego nos dedicamos a buscar y a comer arándanos, algo más sencillo y fácil porque las talas habían hecho que las arandaneras fueran más abundantes, aunque no tenían muchos frutos porque no estabamos a la suficiente altitud para su óptimo desarrollo; comí todos los que pude y mi amigo cogió unas cuantas matas y con una parte de ellas cubrió y tapó las truchas para que no se vieran. Me recomendó encarecidamente que no contara a nadie lo de las truitas y yo respeté tanto su consejo que esta es la primera vez que lo saco a la luz.
Ya en Las Tablizas, de vuelta, volvimos a saludar al guarda y este nos preguntó por nuestra excursión y mi amigo, señalando las arandaneras dijo que allí llevabamos la prueba, que los arándanos no eran tan grandes como los de la braña de Fontuteiro pero que nos habíamos "fartau" a conciencia y yo asentí por lo bajo. Ya cerca de Mual mi amigo decidió repartir el botín conseguido: hizo dos partes, en una colocó la mayor trucha que había sacado, un gran ejemplar, y en la otra el resto de truchas, todas de menor tamaño y me dijo que eligiera; yo opté por la truita grande y él me comentó que dijera en mi casa que las habíamos sacado del río de Mual.
Podéis imaginaros lo orgulloso que iba yo con aquella gran truita y con una bolsada de arandaneras para toda mi familia; mi madre se alegró mucho, sobre todo por la trucha y aquella noche todos cenamos trucha. Después de cenar fui, como tantas otras veces, a casa de mi amigo, donde aún estaban cenando y donde volví a comer trucha por segunda vez en aquel día.
No volvía yo a Bisnuevo por truchas, la verdad es que a mí la pesca nunca me ha atraído y eso a pesar de tener amigos de mi edad en Cangas que la practicaban con caña y a los que he acompañado durante muchas tardes.
La pista de Bisnuevo era fácilmente transitable hasta La Veiga, con algunos ramales de reducido recorrido hechos durante las cortas. Pero estas partes bajas del valle estaban aún poco desarrolladas en vegetación arbórea y eran muy difíciles de recorrer por la abundancia de arbustos; así que monte a través siempre tiraba para arriba. Me gustaba mucho la zona del Cutsao, una collada preciosa con un encanto especial y desde la que se podía acceder rápidamente al Pico Tsuis, el único pico que tiene todas sus laderas dentro del Monte Munietsus, con unas vistas impresionantes.
Aquí empecé a usar un modo personal y propio de recorrer el bosque y que a la larga resultó muy efectivo para calibrar su estado: avanzando lateralmente, siempre en la misma dirección, iba haciendo grandes subidas y grandes bajadas, procurando abarcar la mayor cantidad posible de terreno, deteniéndome en aquellos lugares que, por un motivo o por otro, atraían mi atención y en los que me encontraba a gusto.
Esta técnica era la apropiada para recorrer las zonas medias y altas de las vatsinas del fondo del valle (Tsabachu, Tsabachín, Ancha, Cutsao, Dormitoriu) en donde el suelo estaba bastante limpio de arbustos y por donde era una delicia andar. Pero hubo zonas donde no se podía utilizar, como por ejemplo en el Vatse L´Infierno, nombre ya de por sí sobrecogedor y significativo; aquí las varias veces que intenté recorrerlo siempre lo tuve que hacer verticalmente, bien bordeándolo por el Tesu´l Páxaru o siguiendo su sinuoso cauce, su atormentado relieve rocoso no permite desplazamientos laterales y los otros no están exentos de peligros.

Faeu de Las Tablizas y Tesu La Granda´L campu. 2017
                                                           
Mapa deslindes Munietsus-Mual

4/16/2018

El Monte y el guía de Munietsus 1

Tras largas meditaciones me he decidido finalmente por editar un blog donde narrar mis experiencias con la naturaleza y en especial sobre Muniellos, o Munietsus-Munietsos si lo queremos mentar en bable occidental.
No me mueve ningún fin crematístico, monetario o mercantil, sino que se trata de compartir mis conocimientos, mis inquietudes, con otras personas interesadas en conocer más a fondo este bosque y en la interpretación de su paisaje.
Mi bagaje no es académico, ni soy botánico, ni biólogo, ni nada que se le parezca. Soy licenciado en Historia, pero desde diciembre del año 2000 soy un repartidor de Correos, un simple cartero. Mis pequeños saberes derivan de mi temprana afición por los bosques, de la experiencia acumulada de infinidad de excursiones a estos lugares, de la lectura y de la labor, primero de monitor y más tarde de guía de la Reserva Biológica de Muniellos, que era como entonces se llamaba.
La interpretación del paisaje del bosque surge como respuesta a las preguntas que siempre me hacía cuando lo contemplaba y lo conocía, ¿por qué presenta ese aspecto?, ¿qué ha influido en él?, ¿cómo pudo haber sido?, ¿cómo sera?...La información que leía solo respondía a medias y a veces de forma teórica, necesitaba respuestas prácticas, evidentes, que cualquiera pudiera comprender, y poco a poco fui descubriendo alguna, o al menos eso pienso yo.

Yo nací en Mual (Moal), el "portal de Muniellos" como alguien ha definido perfectamente, un pueblo del occidente montano asturiano situado a la entrada del valle de Muniellos. En Mual viví la mayor parte de mi infancia, posteriormente y junto con mi familia nos trasladamos a la villa del concejo, Cangas del Narcea, porque sería muy costoso y engorroso el desplazamiento cotidiano mío y de mis cuatro hermanos para continuar nuestros estudios una vez finalizados estos en la escuela del pueblo.
Todavía guardo, como tesoros, algunos recuerdos de mi infancia: observando la Pena Moncóu me parecía estar mirando la montaña más alta e inaccesible de las que pudieran existir en el mundo, ella era tan grande y yo tan pequeño que quedaba maravillado cuando me enteraba de que alguien había llegado a su cima.
Sensación parecida, de admiración, sentía cuando iba con algún adulto por el entorno del pueblo; una vez fui con unos vecinos, no se si en carro o en tractor, a unos prados del Regueiru Calecho, a medio camino entre Mual y Las Tablizas, y que ante mis incrédulos ojos desfilaba una auténtica "selva", impenetrable, exuberante, maravillosa. O cuando acompañé a mi padre, Sabino, a buscar mangos para los "hachos" por la zona de Tachorroso, para mí fue toda una proeza el que volvieramos al pueblo con tres varas gordas de avellano.
¡Qué bellos recuerdos!, pues bien, creo que esos paisajes me inocularon un virus que me ha acompañado durante toda mi vida; cuando veo un bosque éste despierta en mí profundas y cálidas emociones, además siento como si me llamara.
Lo cierto es que Cangas no contaba con los atractivos visuales y emocionales de mi pueblo y pronto empecé a añorarlos, surgiendo en mi la necesidad de volver a ver sus paisajes. El problema era que no encontraba a nadie que le interesara el asunto; los amigos de mi edad tenían otras cosas en la cabeza, mi abuela Rosabra, la persona más encantadora que he conocido, me decía aquello de que "el monte quema ya rompe"; a nadie le parecía posible que tuviera ganas de ir al monte. Eran otros tiempos, ¿o no?, en realidad creo que los amigos-amantes de la naturaleza continuamos siendo un grupo muy reducido.
No me quedó más remedio que empezar a salir solo. Por fortuna en aquellos años los autobuses de ALSA disponían de un amplio horario de servicio con los pueblos, y digo por fortuna porque yo no disponía de ningún medio de locomoción, excepto el de mis propias piernas.
Obviamente comencé por el entorno de mi pueblo, además allí aún vivía mi abuela, que se había negado a dejar el pueblo porque no soportaba el ruido de Cangas, lo que me permitía, ademas de estar con ella, tener un sitio donde poder dormir si optaba por quedarme. Años después, cuando mi abuela tuvo que bajar para Cangas por su avanzada edad, siempre era bien recibido en "Casa Nieves" (Nieves, Gonzalo y mi primo Pepe), mi segunda familia con quien siempre mantuve una cordial y afectiva relación.
Podéis imaginaros cual fue mi primera excursión, la otrora inalcanzable Pena Moncóu fue por fin alcanzada por mis pies. Desde su alargada cima, un verdadero balcón de la naturaleza, pasé horas y horas contemplando el entorno; en este risco, una de las pocas zonas calizas de los alrededores de Mual, descubrí la planta del orégano que despertó en mi el interés por las plantas medicinales.
Durante mucho tiempo la sierra que divide los cursos del Narcea (y el Rengos) y el Muniellos fue el objetivo de mis excursiones. Subía al Chanu la Cutsada y cogía la Carril de Moncóu, un camino carretero que llevaba a la braña de este pueblo. En la braña había una cabaña de piedra, en perfecto estado y que siempre estaba abierta y unas espectaculares vistas de los bosques de Rengos y más allá, en zonas que aún desconocía.
Otras veces, desde el Chanu la Cutsada, iba a la braña, pero por el mismo cordal de la sierra, aunque solo fuera por conocer el Cimbo D'Asturias, un sugerente topónimo que, como tantos otros, me había dicho mi abuela y que era una pequeña elevación cercana a la vaguada o colladina de la braña.
Yo, en aquella época, era incapaz de interpretar lo que veía, solo me dejaba llevar por lo que me gustaba, por lo que me hacía sentir bien y aquellos paisajes eran el lugar adecuado para poder experimentarlo. Había un pequeño bosquete de fayas antes de llegar a la braña, aunque entonces no sabía diferenciar unos árboles de otros, que me gustaba sobrenanera : los árboles tenían troncos gruesos en sus inicios, pero luego se retorcían de muchas maneras, con formas inverosímiles y con ramas ya más delgadas. No sabía, aún, que esas formas eran producidas por el aprovechamiento de la madera para hacer leña por los vecinos del pueblo de Moncóu, las periódicas talas y podas eran las que creaban esas caprichosas formas; pero en el fondo, eso que importaba, yo me paraba aquí y más allá a observarlos y dejar que mi mente volara siguiendo aquellos variopintos perfiles. Podía disfrutar de las cosas sin conocerlas ni comprenderlas, solo viéndolas y sintiéndolas a mi alrededor, respirando el aire puro en aquellos parajes de gozosa quietud.
Desde la braña primero me contenté con ir, a media ladera, por un camino aún practicable a la abandonada braña de Mual: La Veiga Vieja o subir al cercano pico de El Cabrón, desde donde las vistas eran aún más grandiosas. Con el tiempo me fui adentrando más por la sierra, utilizando su cordal y monte a través. Así fue como descubrí la enorme mancha forestal de Muniellos, primero la zona de Bisnuevo y más tarde la de Tixeirúa, que atrajeron mi atención y el deseo de conocerlas más a fondo. Aunque a decir verdad los bosques de Pueblo de Rengos: Riumulín, Acidietsu o los mas alejados de Reguera lus Praus y el entorno del puerto del Rañadoiro tambien eran preciosos y atrayentes.
La sierra era fácil de recorrer entonces, las vacas que de vez en cuando se veían contribuían a mantener limpio el monte, como decían los paisanos de los pueblos; a veces había que bordear algún tramo donde los arbustos o pequeños arbolillos se habían instalado de forma muy tupida, pero mayoritariamente se podía seguir el cordal sin problemas y tener buena visibilidad.
Pararse a observar aquellas inmensidades arboladas era toda una experiencia, algo difícil de narrar, que mezclaba embriaguez (una borrachera visual), exuberante belleza y una impresionante energía. Las sensaciones experimentadas calaban hondo; no era solo lo que veías sino también lo que experimentabas al hacerlo, el tiempo parecía detenerse y perdías su noción; podías estar un gran rato mirando y al hacerlo caías en una especie de ensoñación, te desmaterializabas y tu mente flotaba y volaba. Era una auténtica zambullida que producía sensaciones muy fuertes y agradables, olvidándote momentáneamente de todo y de todos, incluso de ti mismo.
La enorme energía que me transmitían las vistas me hacían ir recorriendo más sierra en cada excursión. Siguiéndola no tardaba mucho en cambiar el paisaje. Entonces no lo sabía pero esta sierra, que finalizaba en Ventanueva, partía de la más grande Sierra del Rañadoiro, que servia de divisoria de aguas de dos grandes ríos: el Narcea y el Navia, conformada aquí por sus afluentes, el río de Rengos y el río de Ibias. La Sierra continúa en dirección a la costa y durante un buen tramo configura los límites del Monte de Munietsus. El rasgo visual más llamativo es que las laderas que vierten al Ibias están más desarboladas y las manchas boscosas son escasas. El lado de Munietsus, sin embargo, continuaba estando muy arbolado y ello era un acicate para continuar. Creo que la vez que más recorrí fue hasta el Pico la Valladeira, desde el que se divisaban los valles del Ríu Refuexu.
El gran espacio recorrido y las largas pausas de contemplación me obligaban a realizar muchos tramos corriendo, e incluso comer el bocata sin dejar de andar, ya que quería volver al pueblo, o al menos a sus cercanías, antes de que oscureciera, pues la noche no es buena consejera en estos menesteres.
Nunca llevaba agua, aprovechaba cualquier fuente o regato para beber, pero ocurre que en lo alto de la sierra, en su cordal, estas no suelen ser frecuentes. Recuerdo un día que me había internado mucho en la sierra, era verano y hacía un sol de justicia, había estado corriendo y tenía una sed insoportable, estaba de regreso pero aún me quedaba mucho recorrido. En el Chanu Alforxacu decidí internarme, bajando hacia el Monte de la Vilietsa, para intentar localizar una fuente, algo que finalmente conseguí y además fue la primera vez que oí "ladrar" a un corzo, aunque no lo vi ni entonces lo sabía; lo supe después cuando comentándolo con un paisano de Mual me dijo que esos sonidos eran emitidos por un corzo cuando se veía sorprendido.
Pero no escarmenté y seguí saliendo al monte sin agua; en una excursión al Vatse Cabreiro de Oubatsu en la que ya antes de amanecer me había puesto en camino porque los primeros tramos se hacían por buenas pistas, después de comer tenía una sed que me moría. Esta vez vino en mi ayuda una proverbial tormenta veraniega, dejé, en una zona rocosa, que el agua lavara la roca y cuando vi que el agua ya no arrastraba posos bebí toda la que pude hasta saciar mi sed.
Cuando fui a estudiar a oviedo estaba deseando que llegara el fin de semana para seguir saliendo al monte, sobre todo a las zonas boscosas del entorno de Mual.


La Ruta a Las Tsagunas 47. Dos teixus monumentales de Caguatses d´Arriba y otros árboles notables.

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