12/16/2019

El Monte y el guía de Munietsus 30

Creo que es la hoja, la tsande y la cúpula de un pyrenaica en León

En nuestra zona, más recientemente, había dos tipos de gachas: las papas y las pulientas. Las dos se hacían con farina, las papas con la de maíz y las pulientas con la de trigo; nunca oí que se hicieran con farina de centeno, esta servía para hacer el pan, de hecho a este otro cereal se le llamaba de ese modo: pan.
Creo que la mayoría de vosotros-as conocéis el proceso de elaboración, se ponía en una "pota" agua a cocer, en ocasiones en las papas se le echaba al agua, leche, a partes iguales. La farina se iba vertiendo, espolvoreándola y removiendo sin parar el contenido para evitar que se hicieran grumos y quedaran trozos sin cocer y también para evitar que se pegara al fondo. También había que echarles un poco de sal porque si no sabían sosas y algo amargas. Tenía que cocer durante un buen rato, nunca menos de veinte minutos porque si quedaban a medio cocer podían resultar muy indigestas. Luego había que dejarlas enfriar, ya echadas en cuencos o platos hondos.
Las papas quedaban muy espesas y criaban en su superficie algo de piel al ir enfriándose. Tal era su consistencia que se podían cortar y separar con un cuchillo. Las pulientas eran más sueltas y se usaban mucho menos que las papas.
Ya en la mesa, al plato de papas le acompañaba un buen tazón de "tseite" (leche). Con una cuchara se recogía un trozo de papas y se remojaba en la tseite, cogiendo también algo de esta y así hasta consumir ambos productos. Era un alimento completo y "fartaba" mucho y como algunos viejos decían "quitó mucha hambre".
A los niños y a algún adulto goloso, nos dejaban echarle miel a las papas, derramándola sobre su superficie o licuándola en las pulientas. Recuerdo haberlo comido, de niño, de todas las maneras e incluso hacerlo al día siguiente, cuando ya las papas estaban totalmente solidificadas, por lo que nos la diluían un poco añadiéndole leche y removiéndolo algo. Los adultos podían comerlo entonces como un alimento independiente.
Roble sin clasificar
Hojas y tsande del anterior

 Fue después, durante mi juventud, cuando probé repetidamente unas papas ligeramente diferentes. Mi madre, Pilar, era modista, no solo se dedicaba a hacer ropa por encargo si no que también enseñaba a hacerla a chicas jóvenes que periódicamente iban pasando por nuestra casa. El acceso a ropa elaborada era entonces muy reducido, lo que explica estas "labores".
En una sociedad tan marcadamente machista como era la de aquella época, el sitio destinado para la mujer era la casa, y "con la pata quebrada" llegaban a decir los más brutos. El papel que se le reservaba era el de ser esposas, madres y ocuparse de todas las tareas del hogar. Satisfacer sexualmente al marido, parir hijos, cocinar y realizar una lista de actividades que esta hoja en la que escribo se quedaría corta si las enumerara una por una.
Estaba muy bien visto que la mujer supiera cocinar, pero esto bien que mal lo iban aprendiendo de su madre, ya desde pequeñas. Igualmente se valoraba la "costura", pero hacer ropa, por simple que fuera, resultaba una tarea más compleja que requería un aprendizaje con alguien que supiera. Mi madre sabía, y bastante pues lo había estudiado y practicado a fondo con otra modista, primero en Pousada y luego en cangas. Tomaba medidas, elaboraba patrones, primero en papel, compraba el género que entonces abundaba en las tiendas de textil de la Villa y que se compraba por metros y con él creaba prendas más o menos complejas.
Esta actividad le reportaba a mi madre unos pequeños pero nada desdeñables ingresos que, unidos a los obtenidos por mi padre, le permitían sacar adelante a los cinco lebreles, tres chicos y dos chicas, que conformábamos su familia, junto a nuestra entrañable "mamina".
Cuando bajamos a vivir a la Villa, mi madre continuó con esta actividad,con mozas que provenían mayormente de pueblos del entorno de Cangas. Además de una pequeña cantidad en metálico, en pago por las enseñanzas recibidas, era frecuente que los padres de las aprendices, con las que el trato recibido de mi madre era más que cordial, casi familiar, obsequiaran a Pilar con productos elaborados por ellos mismos o recogidos de sus tierras: mantequilla, pan, castañas, verduras y hortalizas, embutidos...
Estando estudiando en Uviéu, un fin de semana en Cangas mi madre me dijo: "Luisin, quiero que pruebes algo que me han regalado, ¿a ver qué te parece? "y me enseñó un "fardelín" de tela con algo en su interior: farina de maíz torrado. Aquella misma noche hicimos la prueba y sospecho que mi madre ya la había hecho con anterioridad y que gustándole esperaba a ver mi reacción. Tras esperar a que enfriara y con el tazón de leche, bueno eran dos tazones pues mi madre también había puesto una ración para ella, empezamos a degustar las papas. Estas, en pocas palabras, estaban buenísimas, tenían un sabor dulce del que carecían las papas de maíz normal.
Mi madre disfrutó viendo como yo hacía lo mismo con aquel manjar. "Estas que quedan en el fardel te las llevas para Oviedo y te las preparas tú mismo", me dijo mi madre. Ella era así, como mi abuela, siempre dispuestas a renunciar a lo que fuera con tal de beneficiar a sus hijos. ¡amor de madre!, algo que los varones por nuestra naturaleza no podemos sentir pero sí que podemos elogiar como se merece.
Hablando de lo dulce que estaban las papas mi madre me dijo que ello era debido a que el maíz estaba torrado; para ello cuando el maíz estaba seco en su panocha, se introducía esta, en compañía de otras, en el forno de hacer el pan, previamente calentado, y se tostaba suavemente, evitando quemaduras. Posteriormente se desgranaba y se llevaba al "mulin" (molino) para su molienda.
A aquella primera fardelina le sucedió alguna más con el paso del tiempo. Yo mientras había descubierto que aquella farina de maíz torrado, Más rugosa al tacto, se diluía mejor estando el agua y la leche frías, procediendo posteriormente a su cocción que era mucho más corta que la normal debido a la transformación experimentada por el maíz durante su tueste, con cinco minutos bastaba.
Otro roble sin clasificar
Hojas, tsande con cúpula del roble anterior

No se debe menospreciar el papel en la alimentación de las papas de maíz, os contaré algo que lo ilustra perfectamente. Durante las últimas cortas madereras en el vatse del Ríu Tixeirúa, los operarios pronto trabaron contacto con los pastores de la Braña La Boizuna. Los jóvenes pastores solían bajar hasta las cortas y compartir con los "leñadores" unos tragos de vino, ya que estos poseían una barrica con la que poder evadirse, al menos temporalmente, de su duro trabajo.
En Villar también había vino y además de cosecha propia, que poco tendría que envidiar a aquel, pero el ambiente que se creaba en el monte superaría con creces al que se daba en el pueblo con su consumo. ¿Sabéis qué pedían insistentemente los operarios a los jóvenes pastores?, pues nada más ni nada menos que farina de maíz con la que poder elaborar las añoradas papas.
No sé exactamente cuando se empezaría a utilizar la tsande para la elaboración más típica de este fruto, producto que he bautizado como "el pan de los Ástures".
Excepcional la cosecha de tsande de este año 2019. Quercus petraea con la suya, hoja y cúpula
Hojas y tsande, más en detalle, de roble albar

Su elaboración ya requeriría una evolución de las antiguas hogueras, se necesitaba ya  un "tsar", asentado no sobre el suelo directamente como hasta entonces si no que estaría aislado de este por una superficie refractaria que absorviera el calor y lo hiciera rebotar hacia arriba. En nuestra zona la superficie más utilizada con este fin era la "chousa" (losa) de pizarra, gruesas chousas horizontales, delimitadas en sus bordes por otras chousas hincadas verticalmente; pero también los podía haber de otras piedras, o combinadas con arcilla, hasta conseguir suelos más o menos planos y algo elevados sobre el suelo original. Con el tiempo pasaría a llamarse "tsariega", o sea la cocina con su fuego, tsar, y un espacio en su entorno cerrado al exterior y que en las construcciones más antiguas constituiría lo que podríamos llamar "casa".
Hojas, tsande y cúpulas en el suelo, un día lluvioso. rebotsu albar

Es difícil que este tsar ya existiera durante el Neolítico. Al principio de este, muchas comunidades, aún vivían en cuevas. El paso a hábitats abiertos y su desarrollo sería lento y las cabañas serían, presumiblemente, de madera.
El paso a cabañas con paredes de piedra se dará en etapas posteriores, estando atestiguado claramente su nacimiento en los inicios del primer milenio a.C. o dicho de otro modo entre finales de la Edad del Bronce e inicios de la Edad del hierro, que es cuando surgen los poblados castreños.
Es un error muy frecuente atribuir el fenómeno castreño a los celtas. Cuando aparece un castro todo el mundo habla de los celtas como sus moradores.
En realidad el fenómeno castreño no es algo exclusivo de nuestros ancestros. Un castro, en esencia, es un poblado fortificado y enclavado en un altozano que resalta su función defensiva.
Los poblados fortificados son característicos de todas las comunidades que alcanzan cierto grado de desarrollo social, refirman la distribución territorial de cada comunidad, una cierta forma de propiedad sobre el espacio físico, dotando a este de los elementos defensivos necesarios para su mantenimiento en caso de conflictos con otras comunidades y que adelantan las desigualdades no ya solo entre comunidades si no las existentes dentro de cada comunidad.
Esta función la encontramos en lugares muy diferentes y con diversas cronologías. Por ejemplo las acrópolis griegas y romanas son un ejemplo de ello. En la Península de piel de toro, la nuestra, también hubo poblados fortificados en zonas tempranamente desarrolladas como las culturas del Argar y de Los Millares, del sureste andaluz y El Algarve portugués.
Ya con el nombre de castros y en el marco cronológico señalado, final del Bronce  inicios del Hierro, también los tenemos en diferentes culturas. Desde un poco antes de inicios del primer milenio a.C. hay una serie de movimientos de población, desde centroeuropa hacia el Oeste, provocados por otros movimientos de población procedentes de Asia: son las migraciones Indoeuropeas, o mejor dicho los coletazos de estas migraciones, iniciadas con mucha anterioridad. En las migraciones participaron diferentes pueblos y los celtas solo constituían uno más. No se trataría de grandes contingentes pero donde se asentaron se impusieron a los indígenas y cambiaron las cosas gracias a su mayor desarrollo material y social.
En el valle del Ebro y en la Meseta Norte se construyeron grandes castros de filiación celta, con cabañas-casas grandes y ovaladas, casi rectangulares y con una distribución espacial geométrica bastante avanzada, delimitando calles.
Pero en Asturias y todo el Norte Peninsular Cantábrico no hay ningún testimonio arqueológico que constate la presencia de este pueblo. Las comunidades que habitaban este territorio eran los descendientes de aquellas comunidades mesolíticas y neolíticas asentadas con anterioridad que habían alcanzado un grado de evolución tal que les llevo a crear castros, ciertamente más pequeños que los celtas, con habitáculos más reducidos, con plantas circulares y sin planificación espacial interior del poblado.
En Asturias las débiles huellas de lo celta se pueden explicar por fenómenos de aculturación, derivadas de la llegada a nuestras tierras de gente de procedencia celta pero ya durante la romanización. En galicia el celtismo parece estar derivado de los contactos habidos con celtas atlánticos en los periodos en los que el cobre provocó contactos comerciales relativamente intensos.
Sin duda lo celta goza de un prestigio inmerecido a todas luces. La palabra "celta" dota a todo aquello de lo que se hable, de mayor consideración, de una aureola misteriosa y arcana. Incluso hay quienes se sienten como desilusionados cuando intentas disuadirlos de sus ideas celtistas, "¿si no venimos de los celtas, de quien venimos?" preguntan y como venimos diciendo nuestros ancestros de aquel entonces enlazan con raíces más profundas, más autóctonas, más propias de nuestra tierra, lo cual no significa que fueran mejores, pero tampoco peores que los celtas.
Otro detalle de la tsande y la hoja de un Quercus petraea
Parte de la culpa del prestigio de lo celta se debe al auge de un estilo de música que ha venido en denominarse celta, un folk muy utilizado en Asturias, Galicia, Irlanda, Bretaña... y que goza de una gran popularidad. Grupos como los gallegos Milladoiro figuran como representativos, dada su gran calidad, de este estilo, incluso a nivel internacional. Pero no os dejéis engañar, a mí me gusta el rock y no por eso soy norteamericano o ingles; la música es universal y muy dada a la aculturación, a la imitación. Instrumentos que pasan por ser celtas, no lo son, o no lo son en exclusiva; la gaita por ejemplo, de gran arraigo en nuestro terruño, no es exclusiva de lo celta, numerosas culturas europeas, incluyendo las dos orillas del "Mare Nostrum" (Mediterráneo) tienen una larga tradición con este instrumento y muchas de ellas nada tienen que ver con los celtas.
Hojas, tsande y cúpulas ya caídas, maduras de roble albar
Tsande en el roble albar aún creciendo en agosto

En rigor es un anacronismo llamar Ástures a aquellos iniciadores del poblamiento castreño; no sabemos como se llamaban, si es que se llamaban de alguna manera. El nombre es de origen romano. En su avance hacia el Norte Peninsular, los romanos se encontraron con una frontera natural, un gran río (con más caudal que el propio Duero del que es afluente), con tramos de escarpadas laderas, a la que llamaron Austura (Aust = camino, cauce, senda. ur-a = de agua) y por extensión llamaron Austures a los que vivían al otro lado del río y que se amplió a las poblaciones que fueron sojuzgando al ir avanzando hasta llegar al mar Cantábrico, separándolos de los Galaicos al Oeste y los Cántabros al Este. Todos ellos nombres romanos o por lo menos creados por ellos y que no tenían por qué reflejar las realidades existentes.
Los Ástures no formaban una nación, como algunos se empecinan en defender; su grado de cohesión era muy debil, los que vivían en Tsuarca no tenían relaciones con los que vivían, pongamos por caso, en Aliste (Zamora). Podían compartir rasgos culturales semejantes al encontrarse en estadios evolutivos parecidos y a compartir un ámbito geográfico, reducido a escala peninsular. Aunque los cismontanos estaban un peldaño por encima, en esa escala evolutiva, de los transmontanos, dada su cercanía e inevitable contacto con los Vetones, Vacceos... comunidades mucho más evolucionadas.
Lazos más estrechos de identidad común estarían reservados a comunidades con extensiones geográficas más pequeñas, en las que los lazos de sangre y el sistema gentilicio derivado de ellos era más evidente para ellos mismos, una especie de tribu, como podían ser los Pésicos, mencionados en documentos medievales y que ocupaban la zona donde se utilizara la ts (che vaqueira).
Es tentador hacer paralelismos como el anterior entre los Ástures anteriores y los posteriores a la Romanización, pero no conviene excederse pues a fin de cuentas la romanización arrasó con todo lo anterior; de la lengua usada por los Ástures nada sabemos. Se parte de un sistema nuevo y con el paso del tiempo las lenguas románicas son lenguas derivadas del latín vulgar, el hablado, romano y no se puede pretender que sus variantes respondan a realidades étnicas o culturales prerromanas. de todos es sabido que el pasado influye en el presente ya que es el que lo acaba conformando, pero el futuro no puede influir en el pasado.
La Debesa de Caguatses d´Abaxu, precioso bosque de roble albar de avesíu

Con todo parece que algunas tribus se confederaron entre ellas e incluso con otras cántabras para hacer frente al ejercito romano invasor.
Roma siguió utilizando estos nombres de Ástures y sus derivados para reflejar una unidad administrativa con capital en Astúrica Augusta, actual Astorga. La "senda de agua" de los romanos se corresponde, para el que no lo sepa, con el río Esla, cuyo nombre fue evolucionando durante la Edad Media hasta quedar conformado tal y como hoy lo conocemos: Ástura - Éstora - Éstola -Estla - Esla.
Es pues una licencia la que utilizó para denominar Ástures a las comunidades existentes a inicios de la Edad del Hierro.
Rama de petraea con la tsande soldada a ella, detrás un borrachín (madroño)


12/02/2019

El Monte y el guía de Munietsus 29


Gracias al fuego nuestros paisanos-as del Mesolítico podían tostar la tsande y lo hacían usándola completamente madura y seca, utilizando las cenizas de las hogueras, en donde las temperaturas son menores que en las brasas encendidas y permitiendo que la bellota se tueste pero sin quemarse, ya que si se quema se producen sustancias cancerígenas y se estropea su sabor. Una vez "torrada" la tsande ya está lista para ser utilizada pues ha perdido la mayor parte de su amargor.
Rebotsus sapiegos. Monte San Isidro (León).Octubre 2019
Quercus pyrenaica, pequeño pero con buena tsande
Detalle del anterior
Rama cuajada de bellotas
Detalle de hojas y tsande
Tsande algo más alargada

También utilizarían otra forma de desamargar la tsande: tras quitarles la cascara se sumergían, metidas en algún tipo de receptáculo transpirable, en el agua de un río o regueiro. Los taninos son hidrosolubles (se deshacen o diluyen en el agua) y pasados tres o cuatro días el agua corriente del curso fluvial se los ha llevado. Este fruto se podía comer directamente o podía dejarse secar y luego machacarlo y obtener una especie de farina (harina) con la que hacer rudimentarias tortas. Como no disponían ni de hornos ni de recipientes capaces de soportar el fuego se tendrían que conformar con hacerlas sobre piedras planas previamente calentadas en las hogueras.
Tsande, cupula y hoja de rebotsu sapiego
Idem anterior
Idem

Soy de la opinión que la importancia de la recolección y consumo de la tsande, un producto que las comunidades asentadas en el Norte peninsular tenían como quien dice "a la puerta de su casa", se mantendría en la siguiente etapa histórica: el Neolítico, aunque sería mejor hablar de neolitización, un largo y complejo proceso que culminó en unas sociedades con una economía productora, asentadas permanentemente en un mismo lugar, con innovaciones técnicas y culturales que acabaron repercutiendo en las relaciones sociales dentro de las propias comunidades.
Alguien ha hablado de "revolución neolítica" para remarcar su importancia y que junto a la "revolución industrial" constituyen las dos etapas de mayor transformación e importancia de las protagonizadas por las sociedades humanas a lo largo de su historia.
Con el paso del tiempo las relaciones sociales en el seno de las comunidades humanas productoras se fueron transformando y empezaron a surgir desigualdades, nació la propiedad privada que provocó el surgimiento de diferentes clases sociales. La situación se perpetuó con la evolución de las jefaturas y el nacimiento del Estado y de las llamadas "civilizaciones".
La evolución pudo ser diferente pero no lo fue, el individuo fue perdiendo paulatinamente la libertad que le era inherente en las anteriores comunidades colectivistas, pasando a convertirse en un eslabón más de una cadena en la que las decisiones ya le venían impuestas, al tiempo que la explotación del hombre por el hombre pasó a ser lo habitual. Esa es realmente la herencia más importante dejada por el proceso de neolitización.
El proceso de domesticación de animales y plantas parece ser que se originó en el Próximo Oriente, en el llamado "creciente fértil" y de manera independiente en lugares más alejados como China, el Indo y Sureste asiático y más tardíamente en la América andina y central.
El cambio, más que deberse a una evolución natural de la capacidad intelectual humana y tendente a un progreso continuado, parece deberse más a una necesidad. Cambios climáticos derivados del final de las glaciaciones y el aumento demográfico humano vinculado a ese clima más benigno del Holoceno, provocaron la reducción de los recursos naturales; mucha de la fauna y la flora anteriores tuvieron que emigrar más al Norte. A los seres humanos no les quedó otra que cambiar, se trataba de una obligación, si querían sobrevivir y mantener a una población cada vez más numerosa era necesario que produjeran sus propios alimentos.
En un proceso de difusión transcultural (entre diferentes culturas) y de migraciones humanas de esas numerosas poblaciones "inventoras", las innovaciones fueron extendiéndose por todo su entorno. Un buen ejemplo de ello lo tenemos en los cereales, la base más importante de la agricultura europea. Veréis, los ancestros silvestres de los cereales que se extienden por toda Europa, solo se dan en esa zona nuclear del creciente fértil y acaso, con dudas, en el Sureste europeo. No había ni en la península Ibérica, ni en el Centro, Norte y Occidente de Europa cereales silvestres; si acabaron apareciendo fue porque se trajeron.
Pero el proceso es mucho más complejo, paralelo a esa difusión también se producen en esas áreas aún depredadoras cambios propios en dirección a la producción de alimentos; propiciados por el llamado "efecto 8.2 Ka cal. B.P.", que podríamos traducir a un lenguaje comprensible como: el evento ocurrido hace 8.200 años y cuya cronología se ha obtenido mediante dataciones calibradas; algún día os hablaré algo de las dataciones.
¿Quién no ha oído hablar del Diluvio Universal?, los cuarenta días lloviendo día y noche, que acabaron anegando las tierras emergidas y al que solo sobrevivieron, utilizando la famosa "arca", Noé, su familia y representantes de especies animales y vegetales que posteriormente repoblaron el mundo.
Seguramente se trate de un mito, recogido en la Biblia, pero los mitos, en ocasiones, tienen un trasfondo real, siempre modificado y con un fin moralizante.
Dos mitos me han interesado desde hace tiempo, más que nada porque creo que he descubierto su significado; son este del Diluvio y el de la famosa Torre de Babel
Nabucodonosor II (630-562 a.C.), rey del Imperio Neobabilónico,conquistó el reino de Judá, destruyó el templo judío de Jerusalén y deportó a Babilonia, capital del imperio, a muchos de los líderes judíos. En Babilonia los judíos pudieron contemplar el zigurat Etemenanki, construido por Hammurabi (1792-1750 a.C.) durante el Imperio Babilónico o incluso antes de este y restaurado y ampliado por Nabucodonosor dentro de su programa de restauración y embellecimiento de la ciudad, entre los que destacarían los Jardines colgantes, una de las siete maravillas de la antigüedad.
El zigurat era una pirámide escalonada construida para glorificar a sus dioses y debió impresionar a los judíos con los noventa y un metros de cada lado de su base cuadrada y otros tantos de altura. Desde abajo, a la cima coronada por un templo solo tenían acceso los sacerdotes, el zigurat imponía y parecía alcanzar el cielo.
La tradición  oral hizo pervivir los hechos, pero transformados y mitificados. El zigurat pasó a ser la Torre de Babel, una obra impía con la que los hombres trataban de llegar al cielo. Yahve, el Dios judío, castigó aquel atrevimiento e hizo que los obreros y constructores no se entendieran entre si al hablar diferentes idiomas, por lo que la obra fue abandonada. Con el mito los judíos se vengaban de sus odiosos enemigos, presentándolos como los malos de la película y extrayendo un fin moralizante: nunca desafiar al único Dios verdadero.
Tras el Diluvio también hay un poso de realidad. En los inicios del periodo climático Atlántico ocurrió un hecho, un evento, que tuvo una gran repercusión en el clima. En realidad ya había pasado lo mismo durante el Tardiglaciar, provocando el enfriamiento del clima, el último antes de la llegada del Holoceno, aunque sus efectos fueron mayores y de mayor duración, sobre un milenio.
En el nuevo evento Atlántico el agua dulce y fría del deshielo de los casquetes polares americano-groenlandés se vertió sobre el Atlántico Norte. Hay quienes dicen que esas aguas habían sido retenidas en dos grandes lagos y que estos se rompieron, desparramando violentamente su contenido, pero no hay pruebas geológicas sobre su existencia. Lo único cierto es que este flujo, procedente del deshielo provocado por el aumento de las temperaturas, en crecimiento desde inicios del Holoceno, aumentó mucho su caudal y fue tal su impacto que alteró las condiciones normales de circulación marina en el océano Atlántico, por ejemplo la Corriente del Golfo, que lleva agua caliente desde el Golfo de Méjico hacia latitudes más altas y frías del Atlántico Norte y que le dan a la Europa que bañan sus aguas un clima templado.
Las repercusiones fueron planetarias provocando una disminución de las temperaturas, por encima de los dos grados centígrados, y una redución de las precipitaciones, al tiempo que un aumento notable del nivel del mar. En el Mediterráneo el aumento provocó la rotura del delgado istmo que lo separaba del Mar Negro, un mar interior de agua dulce, provocando una irrupción masiva de agua salada. En la época de máxima inundación esto era visible por cualquier afectado ya que el nivel del agua ascendía 14 cm, cada día. Muchos poblados y sus campos de cultivo, porque ya poseían agricultura y ganadería propiciados por su cercanía al Creciente Fértil, fueron cubiertos por las aguas. Fue una hecatombe.
Los hechos fueron recordados durante mucho tiempo y acabaron mitificándose, no solo en la literatura judía, si no incluso en la mesopotámica y como el suceso tuvo repercusiones a escala planetaria el tema del diluvio está recogido en numerosas culturas repartidas por todo el mundo.
Los efectos del evento, iniciado en el 6.450 a.C. y finalizado en el 6.050 a.C. tuvieron un fuerte impacto ambiental. El clima se volvió frío y árido y provocó una cierta deforestación, que afectó particularmente a los robles. Las comunidades humanas se dieron cuenta de que los recursos naturales no bastaban para mantener su supervivencia. De nuevo la necesidad propició un gradual cambio hacia una economía productora.
Surgió así un nuevo impulso y un nuevo foco de neolitización en toda Europa Central, nórdica y Occidental y además hizo que sus comunidades fuesen más receptivas a las novedades que les venían de los primeros focos agroganaderos y de sus "satélites". Confluyen así dos impulsos, los propios y los foráneos, haciendo muy complejo el proceso de cambio.
A pesar de la vuelta a un clima húmedo y con temperaturas en aumento, típicas del óptimo climático Atlántico, el proceso era imparable. Ciertamente los cambios fueron muy lentos, al menos en nuestra zona, que respecto al resto de Europa era una zona muy periférica, un borde, sin continuidad, alejada del resto. Las novedades nos vendrían de la actual Galicia, que a pesar de ser más "borde" que Asturias mantenía mayores contactos con el Sur, con la zona portuguesa, que a su vez los tenía con la zona andaluza y el Mediterráneo. También de La Meseta y sobre todo del corredor litoral cantábrico. De hecho en esas zonas la agricultura y la ganadería surgen mucho antes que en Asturias-Cantabria.
Aquí aparece en la primera mitad del V milenio a.C., pongamos 4.700 a.C. por poner una fecha, en la zona costera para la agricultura con presencia de cereales y algo anterior para la ganadería. El cereal viene de fuera pero la ganadería contaría con una fase previa autóctona de predomesticación de especies salvajes propias de la zona. El gocho viene sin duda de la domesticación del xabaril, la cabra de cabras salvajes, el caballo...
Lo que empezó siendo una señal de prestigio fue poco a poco asentándose y expandiéndose y ya a finales del milenio se empezaron a recoger los frutos. El inicio de la construcción de dólmenes  y túmulos a partir del 4.300/4.000 a.C. significa que las comunidades producían más de lo que consumían y ese excedente les permitía poder realizar esas obras, que requerían tiempo y mano de obra abundante, en un momento, además, en el que los intercambios "comerciales" entre comunidades eran muy poco significativos.
Con todo la recolección y utilización de la tsande como alimento humano no debió de sufrir menoscabo alguno. La hora del cereal, pese a su conocimiento, aún no había llegado por que a fin de cuentas la tsande era un fruto que resultaba muy barato en comparación con los productos agrícolas que requerían más tiempo y esfuerzos, la tsande solo había que recogerla en los extensos robledales que entonces cubrían nuestros valles y montes.
El dolmen de Pradias (a Hucha da Serra), el de Seroiro (Chao da Leda) y otro, creo que en Andeo pueden ser pruebas de la existencia de comunidades neolíticas en el entorno ibiense de Munietsus.
El de Pradias posee en su "chousa" horizontal unas curiosas cazoletas cuya finalidad es incierta, aunque algunos opinan que pueden estar relacionadas con rituales funerarios ya que los dólmenes eran lugares de enterramiento. Son construcciones de pequeñas dimensiones, propias de comunidades pequeñas y con poco poder productivo.
Dolmen de Pradias del Blog Turismo de Asturias
Idem
Detalle de las cazoletas 
Dolmen de Seroiro Foto de Ramiro Álvarez de Biodiversidad Virtual

Pero con los dólmenes hay que tener mucha precaución, a falta de dataciones fiables su cronología es discutible ya que sabemos que su construcción, y no digamos su reutilización, perduró mucho en el tiempo, hasta la Edad del Bronce e incluso más acá.
Resulta sugerente la recreación gráfica del enterramiento de Fáfila, hijo de Don Pelayo, primeros monarcas del Reino de Asturias, en el célebre dolmen de Cangas de Onís sobre el que se levantaría posteriormente la Iglesia de la Santa Cruz, obra de Gaspar Meana (el Hárold Foster asturiano) en su magna obra "La crónica de Leodegundo".
Página entera del cómic en la edición en castellano
Detalle de una viñeta
Detalle de otra viñeta

Una obra recomendable no solo para los aficionados al cómic si no para cualquier persona interesada en la historia, la cultura, el arte...de la Alta Edad Media (abarca desde el 711 hasta el 960) centrada en el Reino de Asturias pero con amplias conexiones con todo el entorno del "Mare Nostrum", desde nuestra Península hasta el Oriente Medio musulmán, pasando por la Galia franca de Carlomagno, la Roma papal o Bizancio. Un archivo de imágenes fidedignas y vivas realmente enciclopédico y con un guión entretenido de leer. Publicada en Bable Central esta siendo ahora reeditada en castellano, la lengua en que Gaspar la había creado, por la Universidad de las Islas Baleares, que ha sabido ver lo que otros, en su propia tierra, ignoran: una OBRA MAESTRA, así en mayúsculas y hecha además sin ningún tipo de apoyo y creada solo por el placer de crear. Mis respetos y admiración.
Dibujo con un simple bolígrafo y dedicatoria que me realizo Gaspar en la solapa de un número de la edición en bable central

Con el desarrollo de recipientes capaces de soportar el fuego y cocer en su interior alimentos, surgirá una nueva forma de utilización de la tsande en la alimentación humana. Primero fueron los de cerámica, ya en tiempos neolíticos y posteriormente los de metal: cobre durante el Calcolítico (3.200 a 2.200 a.C.), bronce, durante la Edad del Bronce (2.200 a 900 a.C.) y finalmente de hierro, durante la Edad del Hierro (900 a 200 a.C.).
En los nuevos recipientes la bellota, desamargada, seca y molida podía utilizarse para hacer gachas y diferentes potajes o caldos, mezclada con otros productos.

11/17/2019

El Monte y el guía de munietsus 28


Todos los parientes (especies) del género quercus comparten, entre otras muchas cosas, la producción de una semilla, la tsande o bellota y son árboles veceros, que significa que a un año de una gran "cosecha" le siguen varios, en torno a dos o tres, en los que esta se ve reducida. Ello, sin duda, responde a una elaborada estrategia defensiva.
El fin último de cualquier ser vivo, vegetal o animal, es el de perpetuarse en el tiempo. Variando la cantidad de semillas emitidas cada año, los robles se aseguran que el año de abundancia muchas de esas semillas consigan escapar de las fauces de sus consumidores, germinar y salir adelante en forma de nuevos árboles.
Los animales que consumen este apetecible fruto establecen su número en función de los recursos disponibles, pero no pueden responder proporcionalmente a esos vaivenes en la producción de tsande, aparte de que esta no está a su disposición durante todo el año; mantienen una población más o menos estable, lo que quiere decir, por ejemplo, que el número de xabariles sea el mismo un año de abundancia de tsande que otro de reducción de esta. Así el año de muchas bellotas los xabariles no son capaces de consumirlas todas.
Esta estrategia defensiva no es exclusiva de los quercus, es frecuente en casi todas las especies naturales que se reproducen mediante semillas grandes. Habrá que esperar a la domesticación de plantas, durante el proceso de neolitización, con selecciones, cruces controlados, injertos...para conseguir eliminar o reducir la vecería.
Decíamos, en otra parte, que había sido precisamente el tamaño y peso de la tsande, el causante de que el proceso de colonización natural de los robles en nuestros montes durante las primeras fases del Holoceno hubiera sido relativamente lento.
Pero lo que es una debilidad también supone, en este caso, una ventaja: la bellota es un fruto muy apetecible para muchos animales por su alto contenido energético, algunos de ellos las consumen sobre el propio terreno, a medida que van cayendo al suelo. Osos, xabariles e incluso algunos herbívoros lo hacen; pero otros optan por una estrategia más refinada.
En especial dos especies: el "glayu" o arrendajo (garrulus glandarius) y el "esquilo" o ardilla (sciurus vulgaris) contribuyeron a la expansión de los robles, demostrando las interrelaciones que existen entre todos los seres vivos.
El glayu es un ave de la familia de los córvidos, familia que posee un nivel de, podríamos llamarlo así, inteligencia por encima de lo normal en relación a otras aves. Por supuesto que consume bellotas cuando estas están disponibles, pero al mismo tiempo opta por ocultar algunas, las más sanas y grandes, para consumirlas posteriormente y para ello las entierra parcialmente para evitar que se resequen y se llenen de parásitos. Y lo hace fuera de la zona arbolada para que el jabalí, por ejemplo, no las pueda detectar con su fino olfato, ya que este solo las busca por debajo de los árboles y ocurre que algunos de estos escondrijos se le olvidan y en esos lugares, que constituyen un lugar idóneo, la tsande germina y produce un nuevo brote, un futuro árbol. Así el robledal va avanzando de una forma más rápida.
El esquilo también oculta muchas bellotas, así en el duro invierno que está a la vuelta de la esquina disponer de una buena despensa de la que poder surtirse. Es menos selectivo a la hora de elegir el escondrijo, pero también entierra alguna y se olvida luego de su lugar, contribuyendo al aumento del robledal.
La temprana presencia de los quercus en nuestro montes y su plena consagración durante el Óptimo climático del periodo Atlántico hacen que sea la tsande la estrella de nuestros frutos silvestres. Su importancia y preeminencia están fuera de toda duda; su rival más serio, los fayucos, la semilla de la fagus sylvatica, además de ser más tardíos en el tiempo, al menos los grandes faéus, son también más pequeños.
Tal es la importancia de la tsande que podríamos decir que nuestra fauna salvaje no sería la misma sin su presencia. Animales tan emblemáticos como el oso, tal vez no existirían sin este fruto; su ingesta, en grandes cantidades, es la que permite que nuestros plantígrados puedan hacer frente a los duros inviernos, cuando reducen su actividad vital a niveles mínimos, logrando sobrevivir gracias a las grasas y otros nutrientes que la tsande les proporciono en otoño, con esporádicas salidas de sus refugios (cuevas u oquedades más o menos profundas) para estirar las patas, beber agua y comer algo si se terciara.
Pero la importancia de la tsande desborda ampliamente el campo de las interrelaciones entre la flora y la fauna salvaje. Siendo un fruto tan abundante y energético pronto llamó la atención de nuestros ancestros remotos que tenían, más entonces que nosotros ahora, una dependencia total del medio en el que vivían y que aprovechaban todos los recursos naturales que había a su alcance.
Veréis, durante mi estancia en Madrid como cartero, trabajé en el que nosotros llamábamos "búnker" de Chamartín, una construcción faraónica de Correos por donde pasaba  la mayor parte de los envíos no solo de la capital si no de buena parte de España. El correo llegaba y salía en trenes y en Chamartín se clasificaba este y se encaminaba a su destino. Llegaba en sacas y en el búnker había un complejo sistema para recogerlos, transportarlos, abrirlos y clasificarlos. Pero cuando yo estuve todo eso ya casi no funcionaba, ni trenes y con muy pocas sacas , sustituidas por las más higiénicas y manejables cajas. Perduraban los gruesos muros y pilastras de hormigón armado que le daban el aspecto de un auténtico búnker.
Allí, salvo en dos ocasiones, nunca salí a repartir, solo clasificaba: cartas, impresos, paquetes, certificados...Pronto trabé contacto y amistad con otros carteros procedentes de muy diferentes lugares de nuestra piel de toro. Siempre me ha gustado de Madrid lo poco que se tiene en cuenta la procedencia geográfica de las personas; daba igual de donde fueras y entre nosotros los carteros y carteras más aún, ya que cada uno era de una "madre" diferente, se valoraba la persona, no si eras de aquí o de allá, en se sentido todos éramos iguales.
Un día invité a dos o tres compañeros a comer castañas que había llevado de mi "tierruca", de Mual, porque ni sabían lo que eran ni las habían probado nunca, algo que para mí era casi un pecado. Las comimos asadas y les gustaron , aunque sin más. El caso es que a los pocos días, uno de ellos me dijo que había conocido a otro cartero al que también le gustaban los "frutos raros".
Era extremeño y para desayunar no iba, como hacíamos los demás, a la cafetería que había dentro del área de Correos. Se quedaba dentro del búnker y comía castañas y bellotas que traía de su tierra. Las castañas no eran ninguna novedad para mí, pero las bellotas si que lo eran. Por supuesto que probé, con su permiso, ambos frutos y quedé encantado con el buen sabor de las bellotas, no eran amargas, eran tan dulces como lo podían ser las castañas, aunque con un sabor diferente, propio.
Impresionante encina (Quercus ilex ballota) "preñada" de tsande. Monte S. Isidro (León). 1979

Eran bellotas de encina (quercus ilex ballota), me dijo que en su tierra era muy frecuente comerlas asadas y que eran tan apreciadas como las castañas, todo ello, obviamente, en ambientes rurales.
Bellotas de Quercus ilex ballota: hojas,tsande y cúpula
Bellotas en la encina pero ya maduras
Bellota en la encina aún verde

Lo cierto es que me sorprendió bastante el agradable sabor de las bellotas de encina. Sabía que tenían fama de ser más dulces que las de roble, pero creía que su uso se reducía al del ganado, con ellas los gochos, comiéndolas cuando deambulaban al aire libre por sus dehesas, a medida que iban cayendo de las ramas de los árboles, acababan produciendo el famoso, y caro, jamón ibérico.También me llamó la atención el que disponiendo de castañas, las comunidades rurales consumieran ambos productos y además de la misma forma: asadas.
Pareja de bellotas de encina
Pequeñísima encina con abundante fruto

¿Habéis intentado comer una bellota de nuestros robles estando cruda y fresca, como se puede hacer con las castañas o incluso los fayucos?, y digo intentar porque es seguro que ninguno-a lo conseguiría. Yo, en mi juventud, en una de las múltiples excursiones por Munietsus decidí probar. No se si cogí la tsande del suelo o de la rama de un roble, a fin de cuentas eso no importa porque en ambos casos hay que sacarla de la débil cascara que la alberga y aunque la del suelo pueda estar más sucia y feúcha, su interior suele estar en perfecto estado, eso sí procurando que esté lo suficientemente madura.
Le pegue un mordisquillo, mastiqué y tuve que expulsarlo de la boca, el sabor era tan amargo que era imposible continuar. Probé con otra pero el resultado fue el mismo, era como intentar comer una patata cruda. Yo era muy obstinado así que tiempo después volví a intentarlo, pero la reacción fue la misma.
El motivo del intenso amargor se debe a que la tsande, además de carbohidratos y grasas, contiene altas cantidades de ácido tánico que le dan ese desagradable sabor y que además en altas dosis son tóxicos. Parece ser, pero no lo tengo comprobado personalmente que si se dejan secar, a medida que lo van haciendo, se van "avellanando", desapareciendo gran parte de ese sabor.
La primera utilización de la que hay constancia de la tsande como alimento humano data de tiempos muy antiguos, podríamos decir remotos,durante el Tardiglaciar: pegado a la costa cantábrica vasca, una zona refugio, se han encontrado en poblados humanos restos de bellotas carbonizadas, probablemente de quercus robur.
Para el periodo siguiente dicen los prehistoriadores que las poblaciones del Norte Peninsular, allá por el Mesolítico (9.500-6.700 a. C) y que se corresponde con las últimas sociedades de cazadores-recolectores (Aziliense y Asturiense en Asturias) vivían de la caza del ciervo, el corzo, el xabaril...y la recolección de bellotas, avellanas, manzanas silvestres...No se especifica la especie de quercus que se utilizaba, pero por el contexto vegetal existente es lógico suponer que la tsande pudiera proceder de nuestros robles blancos, petraea y robur, del rebotsu sapiego, del orocantábrica y de otros menos frecuentes como el quejigo, la encina o el alcornoque.
En la zona costera donde los asentamientos humanos eran más antiguos, desarrollados y están mejor estudiados, el aporte de recursos marinos era muy importante, de hecho el nombre de Asturiense se deriva de un tipo de útil, el pico Asturiense, relacionado con la extracción de moluscos.
Nuestra Asturias interior está menos estudiada pero es lógico suponer que por nuestros montes y valles deambularan miembros de estas comunidades, si no de forma permanente sí al menos de forma ocasional.
¿Cómo consumirían aquellas gentes la tsande?, ¿cómo harían para eliminar el tóxico y desagradable amargor de los taninos?. La forma más sencilla sería como hacía nuestro cartero extremeño: asándolas. Se dice, con razón, que uno de los mayores descubrimientos del hombre prehistórico fue el del fuego, primero aprovechando el producido de forma natural, por ejemplo un rayo que provoca un incendio, y pronto el producido por el propio hombre.
Normalmente infravaloramos los conocimientos que poseían nuestros antepasados sobre el medio que los rodeaba, pensando que eran poco menos que animales, pero incluso los animales poseen un conocimiento más profundo que nosotros respecto al medio natural.
La diferencia básica del ser humano respecto a los animales radica en su capacidad de producir cultura. Cualquier avance que se produzca, por pequeño que sea, queda grabado en las generaciones sucesivas. La industria humana se basa en la capacidad que poseemos de fabricar útiles con los cuales satisfacer nuestras necesidades. El medio más utilizado durante muchísimos miles de años fue el de transformación de la piedra, de ahí el nombre que se le ha dado a gran parte de la historia primitiva: Paleolítico, que significa piedra antigua, o el de Neolítico, piedra nueva.
Tantos años trabajando la piedra tuvo que provocar resultados diferentes a los esperados. Pronto descubrieron que frotando o percutiendo diferentes tipos de piedra podían producir chispas; sin duda lo descubrieron de forma accidental y dichas chispas provocaron un incendio, y fue ahí cuando nació la domesticación del fuego que, poco a poco, fueron aprendiendo y perfeccionando.
Se cree por evidencias fósiles que este invento surgió hace cerca de 800.000 años. En zonas cálidas es probable que la domesticación del fuego se perpetuase bajo la técnica del frotamiento de dos trozos de madera,pero en climas fríos y húmedos es más sensato pensar que se siguiera utilizando la técnica original.
El hombre del Mesolítico, o la mujer que tanto monta, monta tanto, hacía nacer el fuego percutiendo el siléx o pedernal, una piedra muy utilizada por su capacidad de romperse en lascas o láminas con bordes muy agudos, con una piedra con un alto contenido en hierro, como la pirita (el oro de los tontos) o la marcasita. Evidentemente ellos ignoraban estos nombres, simplemente sabían que funcionaba y para conseguir las primeras llamaradas colocaban debajo de las chispas un poco de yesca.
La yesca es cualquier vegetal, muy seco, con muchas hebras y desmenuzado. Descubrieron que la más apropiada provenía del hongo yesquero (polyporus fomentarius patovillard) muy reconocible por anidar en árboles en proceso de defunción y que posee la característica forma de un casco de caballo, del que utilizaban su parte inferior, una especie de esponja porosa y que previamente a su uso había que preparar:  se sumergía en agua, luego se troceaba en tiras y se machacaba estirando y separando las fibras. Cuando las chispas caían en la yesca y acababan produciendo algo de humo simplemente había que soplar hasta conseguir una llamarada, que había que alimentar con leña menuda o yerba seca y después con leños mayores.
Hongo yesquero visto desde arriba
Hongo yesquero sobre chopo, visto desde abajo con la parte que se utilizaba
Hongo yesquero ya no utilizable por estar muy lignificado
 

10/27/2019

El Monte y el guía de Munietsus 27


¡Ah, que gran "familia" la de los robles!; en León he tenido la oportunidad de ver otra de sus especies, poco frecuente en Asturias, aunque hay algunos bosquetes por Somiedu y los Picos de Europa, el Quercus faginea (quejigo), presente en la vertiente más meridional de la Cordillera Cantábrica, en las partes más sureñas, pero muy afectado por las dichosas plantaciones de pinos que "ensucian" nuestros paisajes.
Ocupa un escalafón a medio camino entre el rebotsu sapiego y la encina, ya que resiste mayores temperaturas y sequedad que el primero, aunque menores que el segundo. De hojas con lóbulos más apuntados y de pequeño tamaño que perduran un tiempo en la rama después de que se sequen (hojas marcescentes), como las del rebotsu sapiego.
Hojas de quejigo. León. Mayo 2018

Lo normal es ver ejemplares de pequeño tamaño, pero por fortuna aún es posible ver otros de buenas dimensiones, con una estampa similar a la de nuestros robles atlánticos.
Porte majestuoso de quejigo. León. 2018
Base de un grandioso quejigo.León. 2018
Tronco del quejigo anterior
Parte superior del quejigo anterior

Con buena tsande posee una particularidad diferenciadora, sus hojas, antes de secarse, adquieren unas tonalidades amarillentas, mucho más vivas y coloristas de las que ofrecen los tres robles de Munietsus y entorno y el robur, cuyo ocre apagado apenas si resalta en otoño. Otra es que esas mismas hojas son más lisas, casi coriáceas, sobre todo en el haz (anverso), mientras que el envés puede ser casi liso o con algo de pelusilla y la última es que tiene más ramillas en torno al tronco principal ya desde muy abajo y su tsande, como en el resto de robles de clima continentalizado y mediterráneo, fructifica a edades muy tempranas, viéndose ejemplares que, con la misma altura que una persona, están "preñados" de ellas. Medidas, todas ellas, desarrolladas para enfrentarse a climas más severos: mayores temperaturas y con mayor amplitud térmica y menores precipitaciones.
Dorados otoñales del quejigo.Valle del Faéu de Ciñera (León). Noviembre. 2018

Y ¿que me decís del alcornoque?, el Quercus suber, ausente en Munietsus pero muy frecuente no muy lejos de él, en Ibias, Poula y toda la vertiente del río Navia, más amante de climas mediterráneos pero favorecido aquí por la influencia del Anticiclón de las Azores.
Viejo trozo de corcho procedente de Ibias

Sufreiral de Aliste. Junio 2019. FotoÁstor
Base con las hojas y la piel original de un sufreiro.Aliste 2017

árbol con una corteza preciosa, el corcho, causante en muchos casos de su destino. Perviven, en la Península Ibérica, buenas manchas y ejemplares sueltos por el aprovechamiento que históricamente se ha hecho de su corteza; el árbol no muere porque se la quite y, pasados unos años, la vuelve a desarrollar.
Tronco parcialmente descortezado.Aliste (Zamora). Junio 2019

Un ejemplo perfecto de la combinación entre un aprovechamiento humano, la obtención de corcho, y el mantenimiento del arbolado, ciertamente afeado pero que no por ello deja de cumplir las funciones propias de cualquier bosque (mantenimiento y refugio de la fauna salvaje. Atenuación de los rigores climáticos absorviendo grandes cantidades de dióxido de carbono, el gas causante del cambio climático actual. Retención y aprovisionamiento del agua,regulando su ciclo. Calmante de los agentes erosivos. Captor de partículas en suspensión. Proveedor de muchos recursos para las sociedades humanas. Creador de paisajes variopintos y espectaculares y de lugares de esparcimiento...y sobre todo protector de la vida) incluido el de su propia supervivencia y su posible expansión con solo dejarle en paz, no plantando en su área de colonización natural cercana, como se hace actualmente, masas de pinos que ahogan su crecimiento. Permitiendo, al mismo tiempo, que se siga utilizando el descortezado del corcho, una actividad que desafortunadamente se ha reducido o ha desaparecido en muchos lugares y que amenaza seriamente la propia supervivencia de los escasos alcornocales existentes en la Meseta Norte y el Norte peninsular.
Zona de expansión natural del sufreiro, amenazada por la plaga de los pinos. Aliste junio 2019

Sin su piel original el "sufreiro" presenta una lánguida imagen, un feo aspecto, con un color negro como el dejado por un incendio que se hubiera cebado con su tronco.
Aliste: junio 2019. Foto Ástor
Llatéu (Aliste). Diciembre 2017. Foto Ástor

Con su corcho el árbol es otro, con unos blancos llenos de matices y una textura que invita a tocarlo, algo digno de ver aunque sean ejemplares jóvenes.
Acariciando la piel del sufreiro.Llatéu. Diciembre 2017. Foto Ástor

Pero si tenéis la fortuna de ver uno de grandes dimensiones, el árbol puede llegar a ser muy alto si crece en solitario y sin podas, el espectáculo merece realmente la pena, deambular a su alrededor y  atreverse a sobar esa piel que le aísla del exterior pero que resulta tan atractiva, seguro que el sufreiro excusará nuestro atrevimiento.
Altísimo sufreiro con su piel natural.Llatéu (Aliste). Diciembre 2017
Gigantesco sufreiro.Llatéu (Aliste):Diciembre 2017. Foto Ástor

Tampoco hay en Munietsus encinas (Quercus ilex), el árbol del género Quercus que mejor ha sabido adaptarse a los diferentes climas de la Península Ibérica.
A las encinas jóvenes o muy jóvenes en León les llaman xardon, tal vez por tener hojas perennes y con pinchos

Quercus ilex sbp ballota.Hojas y polen.León. Mayo.2018
Típica imagen de una encina (ballota) talada y rebrotada en varios ramales. León 2018
Bonita encina (ballota).Llatéu (Aliste) 2017

Resulta curioso que en Asturias donde predomina un clima oceánico, caracterizado por temperaturas suaves y altas precipitaciones, se den de forma natural las dos especies de la encina: Quercus ilex subespecie ilex y Quercus ilex subespecie ballota (o rotundifolia).
Algunos apuntan a que son vestigios de épocas interglaciares del Wurm donde hubo temperaturas superiores a las actuales, lo que facilitaría su colonización tan al Norte y que durante las fases frías de la glaciación se protegerían en los refugios de los que hablamos en otras páginas y que posteriormente durante el Holoceno comenzaron a expandirse fuera de ellos. Otros creen que se trata de migraciones, procedentes de la Meseta que penetraron en Asturias por collados o puertos de la Cordillera Cantábrica de moderada altitud.
Sea de una u otra forma, las encinas suelen ocupar laderas soleadas, de suelos predominantemente rocosos, sobre todo calizos, donde el agua se infiltra rápidamente en el subsuelo y está poco tiempo a disposición de las raíces de los árboles. En muchos crestones y paredes rocosas de Somiedu. y Picos de Europa, desalojar a las encinas que los colonizan resulta una tarea prácticamente imposible para cualquier especie de árbol autóctono pues no son tan competitivos como estas en ambientes tan severos. Tal sería el caso de la subespecie ballota.
Pero la llamada encina cantábrica está adaptada a un clima más húmedo y esta adaptación parece ser una respuesta de esta quercinea, otra más de las habituales de este género, a los cambios producidos durante el óptimo climático del Holoceno. En el periodo Atlántico la subida de las precipitaciones y de las temperaturas obligaron a la especie a adaptarse a ellos.
Algunas se refugiaron, manteniendo su identidad, en los mencionados crestones y zonas con poca humedad, pero otras fueron evolucionando hacia la subespecie ilex. No les quedaba otra si querían pervivir ante el imparable avance de sus primos los robur y pyrenaica.
Esta encina que presenta una hoja más lanceolada y con menos pinchos que la encina carrasca (ballota) aún pervive, pese a los cambios climáticos ocurridos tras el periodo Atlántico, en zonas bajas de muchos valles de Asturias, e incluso en la misma costa, como el afamado encinar de Primiango (Ribadedeva), donde además de protegerlo y plantar nuevos pies, se está procediendo a la eliminación de los dañinos y anodinos ocalitos, ¡olé al FAPAS y a otros grupos y personas promotoras de esta iniciativa!.
Los más cercanos a Munietsus probablemente sean los del río Narcea, por debajo de la térmica de Soto de la Barca, en su vertiente izquierda.
Durante mi época de estudiante universitario en Uviéu, realizaba numerosas veces el trayecto Cangas-Uviéu y viceversa. A veces el autobús iba por Tinéu, pero otras veces iba por el valle, pegado al río Narcea, desde Curniana (Cornellana) hasta la misma villa. Llamaba mi atención e interés un precioso encinar, cercano a Vitsanueva, en un tramo de la carretera donde había un pronunciado badén que si ibas algo mareado podía resultar fatal.
Esta zona cercana al desvío que existe hacia Belmonte y Somiedu, y después de él, es una zona muy interesante a nivel botánico. En sus encinares hay documentados olivos silvestres, acebuches, en la zona de Alava; en los márgenes de muchas fincas hay naranjos y limoneros y desde el embalse de Calabazos abundan los borrachines (madroños). Todas ellas especies más propias de un clima mediterráneo que de uno oceánico.
Y, como no, donde hay encinas de las dos especies también abundan sus híbridos, llamados Quercus X gracilis Lamge (los mestos siempre llevan intercalada una X para diferenciarlos de las especies).
El encinar, si se le deja, vuelve a ocupar sus antiguas zonas. Zamora. Agosto 2018. Foto Ástor

El tema de los híbridos o mestos de los quercus es muy interesante, hay quien dice que la mayor parte de los árboles que hay en nuestros montes lo son. Es además un tema complejo y algunos de los que los conocen no excluyen la posibilidad de que se puedan reproducir, pero excepto en el caso de los robles blancos eso no está claro pues la definición más aceptada de especie dice que se trata de organismos naturales que pueden entrecruzarse entre si y producir descendientes fértiles. Hablamos de reproducción sexual o sea por semillas, por tsande, ya que la reproducción vegetativa o multiplicación es consustancial a los quercus, dándose tanto en las especies como en los híbridos.
Todas las quercíneas (los quercus) pueden hibridarse entre si, dando como resultado un número elevado de mestos diferentes. En condiciones naturales solo se hibridan, o solo salen adelante, en determinadas zonas, en aquellas en que como resultado de la combinación son más competitivos que las propias especies. Pero como las condiciones naturales están muy alteradas a veces se dan en cualquier zona, siempre y cuando estén presentes, o lo hayan estado en un pasado no muy lejano, ejemplares de diferentes especies.
Determinar que un quercus es un híbrido es tarea de especialistas y no está al alcance de simples aficionados como yo, por eso cuando mi amigo Ástor me propuso ir a ver uno, no lo dudé. Además programó una estupenda excursión por Aliste (Zamora) con diferentes actividades: ver un castro y un alcornocal cercano, ver un negrillo (Ulmus minor) centenario, ver unas "corralas" o refugios de ovejas y un bosque de quejigos que al final resultaron ser Quercus pyrenaica, pero que mereció la pena pues nunca había visto rebotsus sapiegos con tanta pujanza y esbeltez. Y además lo hicimos todo en un mismo día.
La localización del mesto la obtuvo de un amigo suyo, un biólogo zamorano que se dedica a hacer visitas guiadas a enclaves naturales singulares. Según él es un híbrido entre una encina ballota y un alcornoque.
El árbol llama la atención por su corpulencia, en torno a un punto central en el suelo, salen potentes troncos que acaban conformando una esplendorosa copa. Decimos árbol porque es probable que los troncos existentes procedan todos de un anterior y gigantesco tronco talado. En ese caso el árbol existente sería algo realmente descomunal.
Ya desde lejos el mesto destaca por su tamaño. Foto Ástor
Foto Ástor
Exuberancia de un ramal
Mas de lo mismo.Foto Ástor

En todo nos pareció una encina, su poderosa y preciosa piel rugosa, sus pequeñas hojas, su porte...No le veíamos ninguna característica física del alcornoque.
Desplazándonos en torno a las numerosas guías fuimos constatando la existencia de dos tipos de hojas: la típica y diminuta hoja de la encina y otra, en las partes más internas de la enorme y ancha copa, de mayor tamaño.

Nunca habíamos visto una encina con esta dualidad. Tal vez allí estuviera la clave del mesto, pero resulta que no; comentándolo con su amigo posteriormente, este le dijo a Ástor que esa variabilidad en la hoja era algo propio de la encina, pero solo se veía en grandes y añosos ejemplares y que estaba relacionado con la luz solar: para recibir mayor radiación, las hojas del interior de la copa, relativamente tapadas por las más exteriores, aumentan su superficie. Una lógica aplastante que me hizo pensar que el gran tamaño que a veces se les ve a las hojas de los petraea o pyrenaica tal vez esté relacionado con esta respuesta, Ya sabéis hojas de sol y hojas de sombra.
En el entorno, estábamos en una loma llaneada de la Meseta, un páramo, por encima de los vallecillos, había algunas encinas jóvenes y medianas, un ejemplo de como se va regenerando la vegetación propia de cada lugar, aunque aquí en Zamora, como en el resto de Castilla y León, nuestros gestores públicos siguen obsesionados con los pinos, que nos los encontramos hasta en la sopa, siempre en detrimento de la vegetación autóctona, muy esquilmada y reducida a pequeños o pequeñísimos reductos.
Nos llamó la atención no ver ningún alcornoque en los alrededores, cuya presencia debió ser necesaria para que se produjera el híbrido, lo que nos reforzaba en la idea que nos habíamos hecho sobre su antigüedad, el árbol talado y rebrotado, ya que los paisajes y sus componentes van cambiando con el paso de los años y más en lugares como este, tan antropizados, con una agricultura extensiva al menos desde época romana.
En el centro del rebrote. Foto Astor

Al final parte del misterio se resolvió, en el suelo encontramos tsande del año anterior, pero una tsande diminuta, unas bellotas perfectamente conformadas pero enanas, vanas, sin poder germinativo. Algo que testificaba que el árbol no era una encina pues este posee bellotas grandes, y más un ejemplar de esta edad, similares a las del roble albar, y que nos encontrábamos ante un mesto.

La Ruta a Las Tsagunas 47. Dos teixus monumentales de Caguatses d´Arriba y otros árboles notables.

  El interior del teixu de Caguatses d´Arriba, un lugar donde poder soñar. 25 agosto 2.025. De los teixus de Caguatses d´Arriba cabría desta...